El Colmillo del Silbón [Parte 1 de 7]
«Mírale y dime si hay en él algo del hombre.
Se mueve...bulle; como se mueve el cieno
que fermenta, como bulle el gusano...»
Juan Vicente González, Eco de las Bóvedas (1862).
Juan Vicente González, Eco de las Bóvedas (1862).
DO
HABÍA LLOVIDO, TRONADO Y RELAMPAGUEADO DURANTE LA MARCHA. Toda la tarde -pues habíamos partido de Ospino al mediodía- las ruedas de mi Jeep habían estado patinando y derrapando sobre los surcos de agua y barro que a escasos metros delante de mí iba dejando la Samurai de Belisario, el baquiano portugueseño, quien, besando un puñado de escapularios, juró que me guiaría hasta las ruinas de un viejo trapiche localizado al norte del Parque Nacional El Guache, donde, me dijo, yacía prisionero el Silbón.
Por el espejo retrovisor vi desaparecer las cruces del cementerio de La Estación de Ospino; últimos vestigios de civilización sobre tierra llanera. Ahora nos internábamos por una maraña de selva cuyo verde oliva contrastaba con el inútil verde claro en la pantalla del GPS. Seguíamos cierta ruta por un laberinto de trochas que, según Belisario, había sido trazada por frailes domínicos como vía de escape de los indios durante la conquista y mantenida en secreto por generaciones. «Bullshit» me dije mientras éramos devorados por la verde garganta.
Gigantescos conotos negros revoloteaban en círculo bajo el dosel arbóreo. Muchos de ellos se lanzaban como dardos y venían a estrellarse contra los parabrisas. Perros guaches saltaban de la maleza y nos asediaban el paso. Algunos, ladrando desaforadamente, arremetían contra las ruedas para luego desaparecer triturados debajo de ellas. Enormes serpientes de dos cabezas emergían del barrial y cual policías acostados intentaban detener o aminorar nuestra marcha. En resumen, penetrábamos una terra incognita, portentosa y hostil.
«Pase lo que pase o vea lo que vea, no se detenga. Sólo sígame y no se pare por nada», decía el baquiano recargando el revólver detrás del humo de tabaco y las botellas de cerveza al otro lado de la mesa que ocupábamos en el oscuro rincón del bar-restaurante de Ospino. «Sólo usted se ofreció a guiarme, ¿Por qué?», decía yo exprimiendo medio limón sobre un bocachico frito con yuca. Luego el baquiano, bebiendo a fondo blanco la siguiente botella, la lanzaba en alto y tras hacerla añicos a tiro de revólver me decía: «Mi otra mujer está allá, junto con otros, como cebo del espanto».
Los nubarrones seguían bajos y la lluvia arreciaba sobre los recodos, los repechos y los barrancos. Varias veces debimos echar mano de los güinches cuando alguno de los vehículos se quedaba pegado o hundido en el fango.
Nos detuvimos. Belisario sacando la mano a través de la puerta de la camioneta, apuntaba con su tabaco hacia el norte. Enfoqué los binoculares. En lontananza, alumbrada por el palpitar de los refusiles, resplandeció la torre del trapiche. Según el baquiano, una banda de llaneros cuatreros había capturado al Silbón por la carretera vieja entre Aparición y Ospino a la altura del Paso de la Emboscada; el sitio donde guerrilleros castro-comunistas habían acribillado a una patrulla del Ejército de Venezuela a mediados de los años sesenta. Lo cierto fue que horas antes, al pasar por el mencionado paso, descubrimos que todo el lugar estaba cubierto con cadenas reventadas y restos humanos recién desmembrados y desparramados sobre grandes charcos de sangre. Todo aquello, además de revolverme el estómago, hizo que los ojos de mi mente conjuraran la escena de una horda de llaneros avanzando sobre los cuerpos descuartizados de sus propios compañeros que se iban apilando más y más en el aberrante disparate de atrapar vivo al espanto de la leyenda.
* * *
Me llamo Anselmo Bernett. Soy antropólogo y catedrático en una reconocida universidad venezolana. También soy experto en las etnias indígenas del Orinoco y en mi tiempo libre me dedico al extraño oficio de cazar a El Silbón. Esto último comenzó muchos años atrás durante una de mis expediciones. Era un dos de mayo: la víspera del velorio de la cruz. Excavábamos cerca de Guachara y habíamos levantado el campamento en la margen izquierda del Capanaparo. El sol parecía un incendio moribundo en horizonte llanero cuando hicimos un trascendental hallazgo: la tumba intacta de un chamán yaruro del siglo XVII. La piqueta de uno de mis alumnos se había engarzado con algo que él supuso eran raíces y que al halarla “lo sorprendió un ruido de cabuyas retorciéndose y cascabeles siseando”. Se trataba del chinchorro y la maraca sagrada del chamán que después de tres siglos habían vuelto a invocar, con sus últimos estertores, a los espíritus de la diosa madre Kuma. El esqueleto estaba envuelto en la hamaca y sentado de espaldas al ocaso. Lo rodeaban múltiples artefactos y estaba tan bien preservado que la calavera aun tenía restos de una corona de plumas de guacamayo. Dije que nuestro descubrimiento era transcendental ya que constituyó la clave para saber qué tipo de ritos funerarios celebraban los primitivos yaruros antes que los exploradores europeos pusieran un pie en nuestro continente.
Esa noche que, aletargado por el licor de la celebración por nuestro hallazgo, me hallaba ordenando y catalogando los artefactos funerarios, el calor sofocante en el espacio confinado de la tienda de campaña hizo que me diera por vencido y salí a tomar aire fresco. Había escampado y la luna llena se asomaba y se ocultaba detrás de una rochela de nubes. Lejos, en algún lugar del inmenso llano -tal vez a unos cien kilómetros-, un chubasco desataba su furia; pero acá, la noche olorosa a mastranto, estaba en silencio, quieta. Ningún canto de ave o croar de ranas o siquiera el chirriar de grillos. Era como si éste lado del llano Apureño hubiese hecho una pausa y escuchara aguantando la respiración en espera de que algo mágico sucediera. De pronto, surgieron voces y risas del lugar de la tumba. Tres llaneros estaban sentados en semicírculo alrededor de una improvisada fogata. La incandescencia parpadeante y fantasmagórica proyectada por las llamas moldeó el rostro del caporal Cazález y los perfiles de Carpio y de uno que apodaban El Toco. Se pasaban de boca en boca una botella. Hábito incurable del llanero. En varias ocasiones había amonestado a los trabajadores por ingerir alcohol durante las vigilias de guardia. Esta vez, sin embargo, en lugar de hacer un nuevo reclamo, decidí ignorarlos, pero escuchándoles repetir palabras como “muerto”, “fantasma” y “tesoro” supe que no tenía elección –pues, ¿Qué más fascinante que las leyendas llaneras de espantos y aparecidos en noche de luna llena de mayo?-, y movido por la curiosidad comencé a acercármeles en silencio.
-… jue durante el cumpleaño 'e Jeñito –decía Cazález, liando un cigarrillo-. Todos estaban ya bien borrachos cuando su compadre Eloy, después de convencerlo, consiguió ponerlo en trance con una toma 'e polvos 'e yopo. Intentaba sacarle detalles ocultos 'e “la pelea”.
Cazález terminó de liar el cigarrillo y lo encendió. La llama amarillenta del fósforo era larga y firme pero la mano del llanero temblaba. Levantándose, comenzó a narrar lo que a continuación transcribo:
-“Plenilunio, ¡Noche de luna llena y silbido de ánima sola!” -dijo Cazález como recitando un conjuro. -“Geñito blandía a diestra y siniestra su machete pico ‘e gallo intentando cercenar al espanto. Le había vaciado el revólver pero sólo una bala había logrado penetrar el costillar de la grotesca sombra haciendo manar borbotones negros y espesos de la herida. Como bailando un macabro joropo, el espectro esquivaba con agilidad el destello plateado de los machetazos a la vez que rasgaba la mortaja de niebla con sus largas y afiladas uñas".
El caporal impostaba la voz y gesticulaba el cuerpo imprimiéndole al relato un alto grado de verosimilitud.
-"Geñito alzó el brazo y dejando caer el machete sobre la bestia logró cortarle limpiamente una oreja -continuó Cazález-, pero el aparato, aprovechando, cerró sus mandíbulas sobre el bíceps extendido de su presa y de un solo jalonazo… le arrancó de cuajo el brazo”.
Cazález exhaló una bocanada de humo hacia la luna que ahora lucía como un sombrero de cogollo lanzado al aire en el centro de una gallera.
-¿Y qué pasó despuéj? –preguntó El Toco, comiéndose las uñas.
-“Geñito cayó a tierra retorciéndose de dolor. De las hilachas de su hombro la sangre manaba a chorros. Entonces contempló algo cuyo horror hizo que por un instante se olvidara de su suplicio: el que fuera su brazo comenzó a derretirse con una baba verde y espumante que chorreaba de las fauces de la bestia hasta quedar reducido a huesos limpios y secos que escupía el monstruo. Geñito, a pesar de su agonía y tras varios intentos, logró recargar algunas balas en el tambor del revólver cuando el engendro del infierno se le vino encima. Geñito pataleaba y jalaba el gatillo una y otra vez ¡clic! ¡clic! ¡clic!. Entonces, el Silbón con sus garras, le estranguló una pierna y… también se la arrancó” –continuó Cazález.
-¿Y entoncej? –dijo Carpio con el rostro desencajado por el miedo.
Una de mis botas deslizó sobre el barro y quebró una rama.
-Entoncej,...eso jue to' lo que logré sacarle a don Eloy pocos días antes 'e morir –respondió Cazález descubriendo mi presencia.
¿El Silbón? ¿Habría oído bien? El Silbón, el espanto más aterrador de la sabana llanera y cuya leyenda siempre me hizo sentir miedo; pero el espanto del cual Cazález contaba, resultaba mucho más real y más palpable que el imaginado por mí al punto que el ya olvidado escalofrío de espanto de la infancia volvió a recorrerme la espalda y a helarme de nuevo la sangre. Me recordé temblando acurrucado debajo de la cobija. Intenté reírme de mi mismo pero el influjo de aquellas emociones de terror, hasta ahora olvidadas, no lo permitió.
-Buenas noches -dije traspasando la cinta amarilla con la repetida inscripción «Prohibido el Paso».
-Buenas noches, profesor Berné -dijo Cazález levantándose y quitándose el sombrero. Los otros dos lo imitaron-. Dispense usté si lo estamos distrayendo con la conversa.
-No. Al contrario. Discúlpenme por interrumpirlos pero me gustaría unirme a ustedes un rato, si es que no les molesta -repuse.
-¿Quiere saber si dejamos to' recogío y resguardao? –preguntó Carpio dándole vueltas al sombrero entre sus manos.
-Yo mismo me aseguré de echarle llave a toas las cajas y de tensá bien los enceraos- dijo El Toco en la misma actitud de Carpio.
-Gracias muchachos pero, no. No es de eso que quería hablar sino… del Silbón –comenté mirando a Cazález.
-¿El Silbón? Yo pensaba que la gente como usté no creía en esas supersticiones –dijo Cazález poniéndose de nuevo el sombrero. Los otros dos volvieron a imitarlo.
-No creo en las leyendas pero no pude evitar escuchar parte de lo que conversaban y me ha parecido muy distinto a lo que he oído antes -dije acercándome al crepitante fuego de la fogata.
-Si se refiere al cuento del Silbón que a veces ponen en la radio, eso es pa’ lo sutes. Pa’ meteles miedo y que no anden por ahí solos ‘e noche –dijo Carpio lanzando un escupitajo.
-¿O sea que lo del Silbón es más que un cuento para niños? –dije.
Mi pregunta se quedó sin respuesta, mezclándose con el humo azul de la fogata que seguía elevándose rápida y livianamente. Desde algún lugar del monte el aullido de un perro quebró el mutismo de los tres hombres. Cazález, invirtiendo la botella, dijo que ya era tarde y que se retiraban a descansar. Les dije que lo del licor no era problema y le pedí a Carpio que fuera por una botella que yo tenía en la tienda sobre mi escritorio portátil.
-Ya que insiste en convidá, gracias. –dijo Cazález indicando con un ademán que me sentara con ellos sobre un encerado que cubría el barrial-. Vea profe, lo que sucede es que desde siempre han querío que creamos la mentira de que el Silbón es un espanto.
-A ver si te entiendo bien, Cazález. Un llanero como tú, ¿desacreditando la naturaleza del Silbón? –interrogué.
-Asina es, profe –respondió Cazalez fijando los ojos en las tinieblas del monte.
-Entonces, si no es un espanto, ¿Quién o qué es el Silbón? –interrogué.
-Es un zombi –farfulló El Toco.
Solté una estruendosa carcajada que hizo encender varias luces en el grupo de tiendas donde dormían los estudiantes. En ese instante, un niño y un perro emergieron corriendo del monte. El primero, gritando, fue directamente a abrazar a Cazález. El segundo, gruñendo, procuraba morderme los talones.
-¡Clemente! ¿Qué haces a estas horas metío en ese monte? –le preguntó el caporal al infante.- Y tú, Corbata ¡Apártate de ese hombre!
La perra acató la orden de inmediato y fue a echarse a los pies del llanero.
-¡Que dice mamá que… -empezó a decir el niño pero Cazález lo interrumpió con una seña.
-Disculpe profe. Permítame presentarle a mi hijo Clemente. ¡Saluda muchacho! -dijo Cazález tomando al niño de la mano y acercándomelo. Este me miraba con terror.
-¿Es usté el desenterrador de muertos? –me preguntó el niño aun aferrado a su padre.
Cazález despidió a su hijo diciéndole que no tardaría en regresar a su casa. Este y la perra desaparecieron en la oscuridad del monte. Las luces de las tiendas se extinguieron y Carpio regresaba con una botella que Cazález, con avidez, le arrancó de las manos.
-Miren nomás lo que se gasta el profe. Agua 'e vida –dijo Cazález destapando la botella de güisqui.
-¿Y entonces, -volví a preguntar- quién o qué diablos es el Silbón?
-Creo que la historia que acaba usté de escuchá habla por sí sola- dijo Cazález.
-¿Historia? ¿O sea que la pelea realmente ocurrió? –pregunté.
Los tres llaneros, mirándose las caras, asintieron.
-¿Y ustedes vieron cómo pasó? –pregunté.
Los llaneros dijeron que la pelea había ocurrido hacía mucho tiempo, cuando Geñito estaba muchacho.
-Es decir, ustedes creen que el Silbón existe por lo que otros han contado –afirmé mirándolos con escepticismo.
-No sólo eso; también por cómo dejó a Geñito, pero sobre to'… -agregó lentamente Cazález cruzando de nuevo su mirada con la de sus compañeros-, por el colmillo...
-¿El colmillo? ¿Qué colmillo? –pregunté.
Los tres llaneros, persignándose, dijeron al unísono: -¡El colmillo del Silbón!
Cazález recontó la historia añadiendo que la última bala ensalmada de Geñito había quebrado uno de los colmillos del espanto. Nadie supo cómo el aludido llanero había logrado escapar con vida ni entendieron por qué exhibió por mucho tiempo el diente prendido del pecho como condecoración de guerra.
-Cuenta la gente que el colmillo dizque funciona como un amuleto -era Carpio el que hablaba-. Un escudo de protección contra el ataque del Silbón. También da facultades pa contactá a los difuntos, hacese invisible, convertise en animal y cosas así.
Les pregunté si Geñito aún vivía y me respondieron que el llanero no sólo seguía vivo sino que su casa quedaba cerca.
-Profe, es cosa sabía que Don Efigenio (que era el verdadero nombre de Geñito) pelió con el Silbón pero lo cierto es que jamás volvió a hablá del asunto y tampoco a mostrá el colmillo. A mí se me hace que con una de sus botellas el hombre podría animase a terminá de contá la historia o por lo menos a enseñá el colmillo del espanto. ¿Qué le parece?– preguntó Cazález.
- Lo sigo –fue mi respuesta.
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