El Colmillo del Silbón [Parte 2 de 7]
«el diablo disfrazado de cordero
es el cordero disfrazado de tinieblas
eres tú, hombre, revestido de llamas»
Adriano González León, El libro de las escrituras (1992).
RE
Solitaria, en un yermo a las afueras de Guachara, se levantaba la choza de Efigenio. El lugar estaba convertido en un basurero donde perros y zamuros escarbaban sobre montones humeantes y osamentas de animales. Un nauseabundo paisaje que los psiquiatras pudieran describir como una imagen arrancada de un delirium tremens.
Advirtiendo luz en el interior de la choza, llamé repetidamente a la puerta dando suaves toques pero no obtuve respuesta. Entonces Cazález, pidiéndome que me hiciera a un lado, tocó más fuerte haciendo estremecer y crujir las bisagras de la puerta. Esta comenzó a abrirse lentamente hacia adentro y desde las sombras de la choza -¡Dios nos agarre confesados!- vi materializarse en el umbral dos cañones de escopeta y detrás de éstos lo que parecía ser un ser de ultratumba.
-¡Fuera de aquí o los mando al infierno! –gritó la aparición con voz profunda.
Instintivamente me eché hacia atrás y noté que mis compañeros ya estaban armados con sendos revólveres. Cazáles y Carpio discutían cuchicheando entre sí. El Toco rezaba.
Ante nosotros, un anciano de baja estatura, de anatomía esquelética y espalda gibosa nos apuntaba apoyado en una muleta. Llevaba un traje raído y un sombrero negro cuya ala de zamuro le ocultaba el rostro y sólo dejaba entrever una larga y serpenteante cabellera rojiza. Tal como había relatado Cazález, al anciano le faltaba un brazo y una pierna.
-¿Don Efigenio? Somos gente de paz. Baje el arma, por favor –dije intentando afirmar la voz.
El anciano, sin responder, y sin dejar de apuntarnos, seguía parado como una estatua. Levantando lentamente mis manos, indiqué a los llaneros con mi cabeza que bajaran las armas. Cazález obedeció y los otros dos lo imitaron.
-¿Ya vio, don Efigenio? Nos rendimos. Baje el arma, por favor –dije ahora con voz implorante.
El viejo fue levantando el rostro y unos ojos negros y hundidos, como fondo de pozo, con sus escleróticas inyectadas en sangre, fueron escrutándome de abajo arriba hasta quedarse fijos en los míos. Pude advertir una leve sonrisa en su rostro lampiño cuyos puntiagudos pómulos estaban teñidos con violeta genciana.
-Mi nombre es Anselmo Bernett. Soy... -dije como hipnotizado.
-...el llanero pródigo. Nacido pero no criado en ésta tierra -aseveró, interrumpiéndome, el anciano.
-Así es -afirmé sorprendido.
-¿Y a qué has regresado, Anselmo? -preguntó el viejo haciendo una mueca para tocarse el barboquejo con la quijada desdentada.
-Vine a estudiar el origen, naturaleza y destino de los aborígenes de este lugar -respondí impensadamente.
-¡H’m! No. Has venido a perturbar y a profanar el descanso de nuestros antepasados; y en particular a uno de los nietos de Hatchawa, chamán de Kuma –dijo el anciano afirmándose más en el arma.
-¿Pero cómo lo ha sabido? -pregunté.
-Se ven y se oyen muchas cosas en el Llano. Especialmente en ésta época del año –exclamó el viejo.
-Señor Efigenio, le traje este obsequio –dije ofreciéndole el licor.
-Güisqui, ¡H'm! No debería aceptártelo pues segurito que lo tenías destinado para celebrar el hallazgo del chamán, pero caray, la tentación es mucha. Lo acepto. Gracias, Anselmo, y dime, ¿a qué debo el placer de tu visita? –preguntó el anciano bajando el arma.
-El profe quiere... –interrumpió Cazález pero el viejo le impuso silencio levantando de nuevo la escopeta.
-...ver el colmillo. Ya lo sé. Y tampoco te sorprendas por eso, Anselmo. Es a lo único que viene la gente por aquí – dijo el anciano apartándose para dejarnos entrar.
Nos sentamos alrededor de una mesa sobre la que reposaba una carterita de aguardiente vacía. Del techo de palma pendía una lámpara de querosén rodeada por un enjambre de insectos atraídos por su luz mortecina. Efigenio desapareció en las sombras y regresó cargando varias totumas. No volvimos a hablar hasta que nos hubimos servido el licor.
-Señor Efigenio, perdone lo intempestivo de nuestra visita pero éstos amigos me contaron de lo sucedido entre usted y el Silbón y no pude resistir venir a conocerlo -dije.
-A ver con tus propios ojos, querrás decir –dijo el anciano. Su mano llena de venas azules acariciaba la totuma–, y dime ¿qué opinas de lo que te contaron?
-Como hombre de ciencia, respeto el folclore del Llano y a menudo lo uso como una herramienta más en mi trabajo antropológico. Como un atajo. Más de una vez me ha ayudado a desenterrar lo que el mapa, la brújula o la piqueta no han podido. Pero que el Silbón sea de carne y hueso..., perdóneme pero pienso que tal ser no existe y que usted peleó con alguna fiera salvaje y la adrenalina terminó trastocándole los recuerdos –argüí.
-¡H’m!, mentira, y aunque creo reconocer tu dominio de las ciencias, Anselmo, ¿Qué sabes tú del llano y sus enigmas? No, no te permitiré que niegues algo de lo que estoy muy seguro. Yo sí que me fajé con el Silbón –me reprochó el anciano- Y no sólo eso. El Silbón sigue vivito y coleando, acechando allá afuera en algún paraje solitario o en un matorral sombrío.
-Efigenio, muchas veces los mitos y las leyendas llegan a tener tanto poder como las evidencias científicas, especialmente si son contados por labios que creen lo que dicen -le dije-. Pero dígame, ¿Cómo sucedió todo?
-La impresión, el daño sufrido y el tiempo borraron de mi mente lo sucedido, aunque mi compadre Eloy se encargó de regar historias disparatadas por ahí de mí. Sí. Olvidé todo. Bueno, casi todo, pues me quedaron los sueños –dijo el anciano.
-¿Sueños? –le pregunté.
-¡Ah! Hace siglos que no bebía algo tan bueno –dijo el anciano vaciando la totuma- Sí. Sueños en los que voy en el saco del Silbón. Y no soy el único. Conmigo van también otros pendejos con los que converso mientras vemos desfilar el paisaje por el que deambula el Silbón.
-¿Con qué frecuencia sueña eso? –le pregunté.
-Depende- dijo el viejo sirviéndose más güisqui-. Verás, depende de dónde se encuentre el Silbón. Los sueños ocurren sólo cuando el Silbón anda cerca. Y déjame decirte que desde el primer sueño comencé a perseguirlo. Como yo era baquiano de esta región, podía identificar fácilmente los lugares por donde nos jamaqueaba pero al llegar al día siguiente a ellos, ya no estaba; se había ido. De verdad que vivo aferrado a esos sueños y los espero con ansias.
-¿Por qué? –le pregunté.
-Me mantienen vivo. Aunque mocho y cojo todavía tengo guáramo para perseguir al Silbón y por si no lo has notado, estoy casi ciego y vivo solo, por lo que esos viajes, conversas y correrías han sido mi verdadero sustento todos estos años –dijo el anciano vaciando un segundo trago y siguió- dentro del saco se siente muy sabroso y calientico como éste añejo. También, con el paso de los años no sólo he ido conociendo a nuevas víctimas y lugares, sino que camino al pasado.
-¿Cómo que camina al pasado? –pregunté.
-Sí. He conocido llaneros que pelearon al lado de Páez y de Bolívar y otros que cantaron con Florentino o bailaron con Marisela. Pudiera pasarme días y noches contándoles historias de hechos sorprendentes que ocurrieron mucho tiempo atrás y de los cuales he sido testigo. Para muestra les menciono que Bolívar durante su infancia en San Mateo se extravió por cuatro horas en el monte. Hecho que ha quedado fuera de la historia.
-¿Bolívar, el Libertador? -preguntó Cazáles abriendo los ojos.
-El mismito. Era apenas un mocoso. Ni él ni los esclavos que lo acompañaban informaron nada por temor a ser castigados. ¿Y saben por qué? El niño Bolívar se puso a perseguir unos silbidos de lo que él pensó era un ave exótica sin saber que se trataba del Silbón mismo. Y lo digo porque yo lo vi desde el saco del espanto.
Todos estábamos en silencio y maravillados escuchando al anciano. Varias veces me vino el pensamiento de que Efigenio estaba irremediable y totalmente loco.
-También he visto lugares más remotos y ancestrales y... muchas cosas más –siguió diciendo el anciano.
-¿Cosas como morocotas de oro? –preguntó Cazález.
-Morocotas de oro. ¡Ya sabía que yo que el difunto Eloy no podía contener su lengua! –exclamó el anciano cerrando los ojos.
-¿Puede explicarse, Efigenio? –pregunté de nuevo.
-Una vez soñé con una mujerona muy hermosa; tan hermosa que no existen palabras para describirla. Era noche cerrada cuando la vi llegar en un pura sangre negro seguida por varios peones indios y una recua de mulas. Los indios venían maniatados y traían los ojos vendados. Ella estaba completamente desnuda. Tenía toda su piel dorada y sobre sus senos, llevaba terciadas en equis, dos correas cartucheras repletas de balas y un revólver enfundado en cada cadera. Se detuvieron en un claro y la mujerona, cortando las ataduras de los peones, comenzó a dar órdenes en una lengua extraña y los indios comenzaron a cavar y a bajar de los carapachos muchas botijas de barro y procedieron a enterrarlas. Uno de los peones dejó caer uno de los envases que al quebrarse regó su fulgente y tintineante contenido: morocotas de oro. El Silbón espiaba detrás de unos chaparrales. Por último, cuando todo el tesoro quedó sepultado, la mujer disparó y mató a los peones a sangre fría y luego de sonreír hacia la oscuridad donde se encontraba el Silbón, se perdió de vista. Banquete de carne de indio el que se dio el Silbón aquella noche. Ahora bien, no reconocí el lugar pero al contarle el sueño a mi compadre Eloy, éste pensó que nos haríamos ricos, pero por más que lo intentamos, no pudimos dar con el tesoro -aquí se detuvo Efigenio a esperar que la botella, tras otra ronda, volviera a su mano.
-Más que las riquezas materiales, los sueños son mi fortuna pues, como te dije, me hacen sentir vivo. Me acusarán de estar loco pero eso poco me importa. Vivo porque la leyenda vive, o quizás es al revés ¿me entiendes? –dijo el anciano sirviéndose un tercer trago.
-¡La leyenda del Silbón convertida literalmente en cuerpo y alma del llanero! –dictaminé.
-¡Exacto! Es por eso que ya no le temo a la muerte. Poco a poco fui entendiendo que el Silbón me había arrebatado de ella. Que me había convertido en una parte de él. ¿Es que acaso no lo ves? Su existencia es lo que nos mantiene arrebiatados al Llano. Ahora bien, –continuó el anciano-, supongo que habiéndoles dicho éstas cosas, se estarán preguntado ¿qué pasaría si se supiera la verdad, que el Silbón existe y que anda por allí suelto acechando y devorando no sólo al hombre parrandero y mujeriego o al viajero desprevenido sino a cualquier cristiano?
-El comercio y el turismo menguarían aislando el Llano del resto del país –respondí.
-¡H’m! Peor aún. El Llano se llenaría de cazadores de espantos –dijo el anciano. –Por suerte, la existencia del Silbón ha permanecido oculta por muchos siglos y así debe seguir.
-¿O sea que el Silbón no nació con las coplas de Rufino el Gallo o la leyenda de Dámaso Delgado? –le pregunté.
-Como reza la leyenda, y ahí no se equivoca, el Silbón fue Silbón antes de ser Silbón –dijo.
-El tiempo no lo toca –musité.
-El tiempo no significa nada para él, aunque precisamente allí quería llegar. El Silbón fue y es, pero en cuanto a si será, tengo mis dudas –siguió el anciano.
-¿Por qué? –preguntó Cazález.
-Sé de muchos llaneros que quieren acabar con el Desandas y la leyenda. Piensan que la fama de bravos centauros guerreros que a bien ganamos desde la hazaña de las Queseras del Medio, la vino a pisotear el Silbón y que ahora para el mundo sólo somos supersticiosos, borrachos, mujeriegos, codiciosos y cobardes –continuó el anciano.
-Encuentro razón en eso ¡Somos la burla de ésta tierra! –dijo Cazález dando un puñetazo sobre la mesa pero notando que lo mirábamos con sorpresa, recobró la compostura.
-Efigenio, ¿Usted no podría contarnos lo que recuerde de su encuentro con el Silbón? –dije casi suplicando.
Efigenio se empinó la botella y vaciándola comenzó su narración. Nos dijo que aquella fatídica noche, él y su compadre Eloy habían salido a cazar lapas. Se separaron para armar las trampas. Entonces todo se vuelve oscuro. Eloy cuenta que oyó los disparos y los espantosos alaridos de Efigenio y fueteando la mula llegó lo más rápido que pudo en su auxilio. Descubrió a Efigenio sin un brazo y sin una pierna e inconsciente. Yacía desnudo y revolcado en su propia sangre. Le hizo un par de torniquetes y subiéndolo a la mula lo llevó hasta la medicatura del pueblo. Todos creyeron que no amanecería vivo pero Efigenio, inexplicablemente, logró reponerse a las mutilaciones y a las pocas semanas fue dado de alta. Pero a partir de la pelea con el espanto, Efigenio se convirtió en otro hombre pues, de ser un muchacho flemático, pasó a ser un parlanchín insomne y hasta reunió un grupo de hombres armados organizando así la primera cacería del Silbón de que se tenga historia. Unas semanas después de haberse levantado todo aquel revuelo, sólo lo acompañaba Eloy. Por varios días los vieron salir con las primeras luces del alba montados en la mula y regresar con el ocaso con las manos vacías. Con el transcurrir del tiempo, y como la cosa siguiera igual, la gente se fue olvidando del llanero que había peleado con el Silbón.
Carpio y El Toco roncaban sonoramente.
–Estos trabajaron mucho hoy y le metieron duro al aguardiente -dijo Cazález mirando a sus dos compañeros y continuó-. Y hablando de todo un poco, Efigenio, ¿podría mostrarle el colmillo al profe?
-Lamentablemente lo perdí y no he podido encontrarlo. Lo siento pero creo que ya está bueno de conversa. Tengo sueño –dijo el anciano.
Mientras Cazález despertaba a Carpio y a El Toco, el anciano me tomó del brazo y alejándome del grupo comenzó conmigo un coloquio en voz muy baja en lengua pumé.
-Oyeme bien, Anselmo. Llevo mucho tiempo esperando por éste encuentro. Sabía que Kuma enviaría a alguien antes de mi partida– dijo el anciano.
-No entiendo lo que me dice. Sentí curiosidad por ver el colmillo, eso es todo -le respondí manteniendo la conversación en lengua indígena.
-No importa si no entiendes. Lo que importa es que por fin viniste y podré quedar libre de ésta carga. Ten. Es tuyo –susurró el viejo sacando disimuladamente un pequeño bulto del bolsillo.
-¿Qué es? –le pregunté recibiendo el objeto.
-Es un escapulario con el colmillo del Silbón. Sé que harás uso correcto de él y de lo que representa -dijo el anciano.
-Pero, ¿Qué representa el colmillo? ¿Para qué lo debo usar? –le pregunté.
-“Debes encontrar al Silbón...y cuando lo hagas, sálvalo” –me susurró el anciano al notar que los llaneros se acercaban.
***
Habríamos caminado la mitad del trecho entre la choza y el campamento cuando recomenzó la lluvia. Llegamos al campamento después de la medianoche. Me quedé dormido acostado en el chinchorro oyendo la lluvia tamborilear sobre el techo de lona. Aquella madrugada tuve pesadillas. Soñé que iba sin brazos y sin piernas tendido en una parihuela y que entre el Silbón y el chamán me cargaban por un campo de batalla cubierto de cadáveres en plena guerra de independencia.
Muy temprano, a la mañana siguiente, nos llegó la noticia de que la choza de Efigenio se había incendiado. Dispersos en el sitio había miembros humanos calcinados e irreconocibles. El cielo estaba despejado y ya el sol llanero comenzaba a picar. Hice una rápida inspección ocular en los alrededores del incendio y desde lo lejos el brillo de un objeto sobre las cenizas atrajo mi atención. Me acerqué disimuladamente -sabía que podía ser evidencia del siniestro- y levantándolo le di una rápida mirada y lo guardé en mi bolsillo: era una morocota de oro.
Ahora, a plena luz del día, el montón de cenizas de la choza de Efigenio y aquellos huesos humanos lucían como otros más entre los montones de basura quemada y los huesos de animales en el basurero.
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