El Colmillo del Silbón [Parte 3 de 7]

«Uno a uno cayeron los cuerpos desnudos. Se
retorcían y arqueaban sus dedos, y en sus ojos miraban
algo que ya no cabía en este mundo…»

Kornelius Dekker, La muñeca de Cracovia (2015).


MI


Como antropólogo, he recorrido casi toda Venezuela lo cual dista mucho de haberlo hecho como turista. La mayor parte del tiempo debo visitar lugares remotos y despoblados, expuesto a los elementos y durmiendo en tiendas bajo el mosquitero y las estrellas. Dado que siempre vamos apercibidos con suficientes provisiones, nunca es necesario acudir al poblado más cercano. La expedición que me llevó a descubrir la tumba del chamán yaruro de Guachara fue una excepción a lo anterior.

Era media mañana cuando, habiendo recogido el campamento y empacado todo nuestro equipo, un Jeep de la policía local arribó al lugar de la excavación y el sargento Núñez, un albino chaparro y de cuerpo adiposo, me dijo que no podíamos abandonar el lugar hasta que yo rindiera mi declaración en la estación de policía de Guachara, pues, según varios testigos, había sido el último en ser visto con Efigenio, Cazalez, Carpio y el Toco (que se apellidaba Santos).

¿Qué sucedió aquella madrugada? ¿Fue un accidente o algo premeditado? ¿Hubo una reunión secreta? ¿Significaba la morocota, que, Efigenio había encontrado el tesoro? Estas eran algunas de las interrogantes que rondaban mi cabeza mientras pasábamos al lado del botadero de basura con el área donde estuvo la choza de Efigenio acordonada con cinta amarilla y rodeada de gente y vehículos de policía.

-El pueblo amaneció alborotado– dijo el sargento haciendo sonar la bocina del Jeep para espantar unos zamuros que se comían la carcasa de un perro en medio del camino– Pero no se preocupe que todo está bajo nuestro control.

Llegamos a la estación donde una comitiva de los habitantes del pueblo nos estaba esperando con palos y piedras. Varios policías con caretas y escudos formaban una barrera evitando que se aproximaran al edificio. De repente escuché una voz extrañamente familiar.

-¡Demonio asesino! Fue él, mamá. El se llevó a mi papá. El desenterrador de muertos. ¡Demonio asesino!– era el pequeño Clemente que junto a su madre me gritaba con ira.

Pronto, un coro de voces se unió a la voz de Clemente gritando ¡asesino! ¡demonio! Corbata, sujeta por la madre de Clemente, me ladraba desaforadamente una y otra vez. Intenté acercarme al niño y a su madre pero el sargento me lo impidió.

-No les haga caso. Piensan que usted vino a sabotear el velorio de la cruz con el incendio y las muertes- dijo Núñez.

Fui llevado con el Comisario Jefe de policía, Vega. Su oficina tenía un amplio ventanal a través del cual pude ver cómo más pobladores subían calle arriba hacia la estación de policía; más allá, detrás de ellos, se podía divisar medio Guachara con el sol ascendiendo lentamente a mitad del horizonte.

El jefe Vega era un hombre alto, musculoso y de piel tostada. Su cabello negro tenía un corte militar, y sus ojos, una mirada penetrante. Tenía la nariz alargada y los bigotes chorreados.

-Sabadito éste el que nos amaneció– dijo Vega mirando la ventana- pero disculpe profesor Bernett, me llamo Vicente Vega y soy el comisario jefe de Guachara.

-Mucho gusto, comisario. Me escoltaron para venir a dar mi declaración- dije enfatizando el primer verbo.

-¡Ah, sí! El incendio y las muertes. Y yo que ayer tarde había empezado a preocuparme por la fiestecita que usted armó cerca del río- dijo el comisario en tono despectivo.

-No era una fiesta, jefe Vega, sino un pequeño brindis por haber terminado nuestro trabajo- repliqué secamente.

-Mire, profesor Bernett, somos un pueblo tranquilo y no permitimos alborotos aquí. Si no fuera porque de Achaguas nos dieron órdenes de no interrumpir lo que ustedes escarbaban allá abajo, yo mismo habría bajado a darle de comer a la ‘catira’ y tal vez muchas cosas se hubiesen evitado- siguió el oficial, esta vez sobando una peinilla amarillenta.
  
-Lamento lo ocurrido, jefe Vega. Por nosotros no se preocupe, ya recogimos todo y después de rendir mi declaración, le prometo que no nos volverá ver– dije mirando el cuadro de un prócer de la independencia, desconocido para mí, que colgaba de la pared detrás del escritorio de Vega.

Vega también lo mira y dice:
-Es el Teniente Coronel Miguel Lara, hijo ilustre de aquí. Tranquilo, profesor. Aunque no me lo ha preguntado, permítame decirle que usted no es sospechoso por lo sucedido. En cuanto a la gente, no se preocupe que ahorita mismo me encargo de ellos. Sé cómo lidiar con mi gente. Pase con el sargento Núñez quien tomará su declaración y se podrán ir cuando lo haya hecho.

-Si necesita de nuestra ayuda, dígamelo.

-Gracias profesor, pero no, sólo estamos esperando que llegue el forense- dijo el comisario. 
         
Era mediodía cuando dejamos atrás la estación de policía. La gente se había dispersado. Había atestiguado sobre el encuentro que tuve con los tres llaneros y Efigenio. Al mencionar lo de mi curiosidad por el colmillo del Silbón, Núñez se rió y me dijo que Efigenio estaba loco, que había desfalcado a medio Guachara con el cuento del colmillo y que recordaba cuando en su niñez, el anciano lo había corrido a él y a los otros niños del pueblo. Por supuesto que no hice mención de la morocota. Antes de abandonar la estación pasé por la oficina de Vega para despedirme. 

-Un recuerdo de mi visita– le dije extrayendo de mi morral una botella de güisqui y colocándola sobre el escritorio.

El rostro del comisario jefe reflejaba codicia. Entonces dijo:

-Gracias. Lástima que ahora que comenzamos a entendernos, usted se nos va.

Le dije que pronto visitaría el pueblo pero como turista.

-Siempre es bienvenido en Guachara, profesor– dijo sonriendo y acariciándose el bigote.

Ya en la universidad, aunque me dediqué al informe del chamán y a mis ocupaciones regulares, me mantuve pendiente de la investigación del incendio y las muertes de Guachara. Ordené comprar los periódicos de Apure todos los días y puse a varios de mis estudiantes a escuchar las noticias en la radio. Todo hablaba de lo mismo. El espanto del Silbón había sido el causante de la que se dio por llamar la matanza de Guachara.
         
Algunas semanas después, Vega llamó y me dijo que a falta de evidencias y no pudiendo identificar los restos incompletos y carbonizados de tres adultos y medio –esto último lo dijo en tono de burla- que fueron hallados en la choza, decidían oficializar el reporte inicial atribuyendo el incendio a una lámpara de querosene, y la muerte de Efigenio, Cazalez, Carpio y Santos, al ataque de un animal salvaje. El caso quedaba cerrado.

Fue entonces que, con el colmillo como única evidencia de la existencia del espanto y la morocota como estímulo, concebí la fantasiosa y ridícula idea de perseguir las huellas del Silbón.

***

Lo primero que hice fue enviar raspaduras de la pulpa del colmillo a la universidad canadiense donde había realizado mi postgrado a fin de que se les practicara la prueba del carbono 14 y el análisis de ADN. Sabía que penetraba siglos de folklore y ficción en búsqueda de una verdad primigenia que sólo había existido en la mente desquiciada de Efigenio. Lo segundo que hice fue comenzar a indagar en Guachara y sus alrededores sobre las andanzas de Efigenio pues habiéndome dicho la noche anterior al incendio, que se iba, sospechaba que podía seguir vivo. De ser así, tenía una larga lista de preguntas por hacerle, no sólo sobre el Silbón sino también sobre la morocota.

Regresé a Guachara –incógnitamente-, y lo primero que me sorprendió fue percatarme de que a casi todos los habitantes del pueblo les faltaba una parte del cuerpo. En mi visita para rendir declaración no lo había notado. No se trataba de algún trastorno endémico o hereditario sino de pequeñas amputaciones. Un dedo, una oreja, una mano, un pie, etc. A mi pregunta de ¿Qué te sucedió? La respuesta era siempre la misma. –Tuve un accidente. Recogiendo el maíz, cortando los árboles, arriando el ganado,...

En cuanto a información sobre Efigenio, al comienzo me fue difícil obtenerla pero una buena provisión de ron hizo su efecto. Efigenio, a quien todos apodaban Geñito, era un viejo huraño que asustaba a los niños, pero que de un tiempo para acá ya no salía de su choza. Al menos de día. Un tonto llamado Juan, al que le faltaba una oreja, le hacía mandados semanalmente, comprándole agua, comida y aguardiente. En ocasiones le compraba cartuchos de escopeta y pilas para linterna. Juan me dijo también que nunca veía al anciano en persona ya que este le hablaba detrás de la puerta y tras pedirle que dejara en el umbral lo que le traía, le pasaba el dinero por debajo de la puerta. Aparte de Juan, nadie más se relacionaba con Efigenio.

Habiendo fracasado en obtener información que pudiera ayudarme a dar con el posible paradero de Efigenio, decidí regresar y esperar los resultados de laboratorio.

El colmillo del Silbón se asemejaba mucho al de los humanos sólo que era tres veces más largo. Geñito lo había montado en un rudimentario engaste de oro y fácilmente podía ser confundido con el colmillo de un animal carnívoro.

Finalmente me llegó un sobre sellado del laboratorio. Quedé estupefacto. El colmillo databa de 300 años atrás. El analizador de ADN arrojó resultados increíbles. En vez de una secuencia humana, el mapa genético de la muestra reconocía cerca de cien. Ello sólo podía explicarse de dos maneras: O la muestra estaba muy contaminada, o se trataba de una fusión a nivel genético-molecular, en pocas palabras, un centenar de humanos conviviendo en un solo cuerpo.

Por lo costoso de los análisis y no disponiendo de fondos para repetirlos, no tuve otra alternativa sino investigar fenotípicamente al Silbón y comencé un peregrinaje en busca de información sobre el espanto. Visité  bibliotecas y hemerotecas y recorrí los llanos venezolanos incluyendo Apure, Guárico, Portuguesa, Cojedes y Barinas. Un extraordinario tour de force. En cada pueblo dejaba mis datos y ofrecía una jugosa recompensa por evidencia sobre la existencia real del espanto.

Hasta antes de la masacre de Guachara, nunca oí hablar de que realmente existiera el Silbón. Su leyenda siempre trató sobre espanto o espectro que asustaba o revolcaba a los hombres parranderos pero nunca de un ser real que los atacara o los devorara.

Muy pronto, comenzaron a llegarme cartas, recortes de periódicos, fotos y hasta grabaciones desde todos los rincones del Llano. Pero en todo aquel caudal de información de mi labor investigativa, nada de lo que yo esperaba encontrar salió a relucir. La información se repetía o contradecía. Para unos el espanto medía dos metros pero para otros, seis. Todo giraba alrededor de los silbidos, la esposa, el padre asesinado, la maldición del abuelo, el saco de huesos, el mandador, el ají y el perro tureco como elementos comunes de la mitología. Fuera de ello, lo poco que hallé cónsono con la existencia real del Silbón o parecido a lo que los llaneros de Guachara y Efigenio me contaran, fue un par de eventos.

El primero databa de hacía medio siglo. Era un recorte de periódico con una escueta noticia que apareció en un diario de Araure y cuyo encabezado rezaba “Descubierto El Silbón”. Cerca de la frontera con Brasil, unos indígenas Yaruros habían hallado el cuerpo de un hombre extremadamente alto y un saco lleno de huesos. Supe que luego se desmintió la noticia y que realmente se trataba de un cangaceiro y su mochila con carne seca quien se había extraviado y sucumbido a los rigores de la selva.

El segundo era de unos treinta años atrás en Guasdualito. Un casete grabado que contenía el testimonio de los familiares de una muchacha que había sido violada por El Silbón. La joven enloqueció y habiendo quedado embarazada, dio a luz a un niño muy alto. La madre terminó suicidándose y ocho años más tarde el hijo, que fue criado por los familiares, murió ahogado en una laguna.

Del resto de la información, entre las cosas sin sentido y que me intrigaban estaba el hecho de que el Silbón, de ser un ser tangible, había sido visto varias veces en lugares muy distantes y casi al mismo tiempo. Mi obsesión por hallar al espanto se fue desvaneciendo. Era como perseguir una sombra. Pensé que con el esfuerzo anterior, de alguna manera había honrado la memoria de don Efigenio. Fue entonces cuando, estando a punto de abandonar mi búsqueda, ocurrió lo que menos esperaba. Tuve, sin haberlo previsto, el que ahora puedo decir sin temor a equivocarme, fue, mi primer encuentro real con el Silbón.

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