El Colmillo del Silbón [Parte 4 de 7]

«Al fin bebo la sangre que fluye de tu pecho, savia que recorrerá mi alma haciéndola maldita por los siglos de los siglos en este lugar que llaman Knoche y que ya no es una ruina ni un recuerdo. Sólo es Knoche, tu ciudad»

Israel Centeno, Criaturas de la Noche (2000).



FA


Sentado frente a mi balcón, veo descender la neblina pachequiana que, desde el cerro El Avila, va arrullando lentamente la ciudad. Los postes de luz cerca de la estación del Metro se encienden. Con una copa en la mano y El Mundo en el regazo paso la tarde distraído, observando cómo los peatones vespertinos dejan, con su presuroso transitar, trazos de colores que se multiplican y entrecruzan con los del largo mural arruinado por grafitis. Varias cuadras más allá, por una sombría bocacalle, dos parejas de malandros se insultan y se caen a golpes. Amo el paso de las horas lejos de la oficina, el salón de clases o el campamento. Aunque sea por un corto tiempo, me deleito escuchando el bullicio, los pitos y las sirenas de la urbe de concreto que llaman la Gran Caracas.

De regreso en mi estudio, reboso de nuevo mi copa. Desde un rincón, junto a varias cajas llenas con carpetas y sobres aun sin abrir, los ojos de Efigenio me miran como queriendo hipnotizarme. Intentando evitar que las pedradas del tiempo lo sepulten en el sótano de mi memoria, varios meses atrás había comenzado a pintar al anciano con el mayor detalle posible. Recuerdo cuando lo vi por primera vez bajo la luz de la luna llena y pensé que estaba ante un ser desterrado del más allá sobre el que pesaba la maldición de habitar entre los vivos. Ahora su retrato, pintado a medias, pronto será un esqueleto más en mi armario, pues ya para qué. Al igual que el sabueso ante la lluvia o con el rio de por medio, había perdido todo rastro de las huellas del Silbón. ¿Acaso existieron realmente? Su colmillo aun cuelga de mi cuello. Al principio creí que llevándolo conmigo, los sueños vendrían, pero nada. Ni uno solo. En cuanto a la morocota, era una pieza más en mi colección de monedas antiguas en la vitrina del salón contiguo. Con cada sorbo de Cabernet Sauvignon, voy hojeando el diario de mi cacería del Silbón con sus páginas llenas de borrones, tachaduras y notas al pie. "Clementico dijo: él lo mató él se llevó a mi papá. Cazález  nunca regresó a su casa la noche del incendio ¿Qué le dijo Vega a su gente para dispersarlos pacíficamente? Si Efigenio había hallado el tesoro, ¿¿Por qué vivía tan miserablemente?? De ser el Silbón un ser humanoide, ¿por qué tenía los colmillos tan largos como los primitivos homínidos?" Cierro bruscamente el diario y lo estrello contra la pared donde por poco y roza la cañuela de un original de Cabré. Debo olvidarme de todo aquello. Sin haberme dado cuenta, mi obsesión por cazar al espanto ha comenzado a deteriorarme por dentro y por fuera.

***

Caminando rumbo a mi nueva oficina, dos estudiantes que pasan por mi lado, me saludan y ríen continuando su camino. He comenzado un nuevo recorrido entre el estacionamiento y el ala oeste de la universidad la cual colinda con la de la facultad de arqueología. Ya se me hace familiar, ver en uno de los jardines, la broncínea estatua de José María Cruxent, que en cuclillas, y con su inseparable pipa en los labios, sostiene perpetuamente una brocha sobre una calavera semi-enterrada. Mi hallazgo del chamán yaruro me había merecido un premio, un ascenso y una oficina más grande.

Di un ligero suspiro de aburrimiento mientras mi secretaria colocaba una ruma de papeles en la ‘bandeja de entrada’ sobre mi escritorio. Terminaba de leer el reporte que tenía frente a mí cuando una mano huesuda tocó el marco de la puerta. Era Hugo, mi jefe, que lanzaba sobre mi escritorio un sobre. De reojo vi el membrete y quise adivinar su contenido.

-Buenos días, Anselmo. Entiendo que llevas semanas esperando por eso y al verlo llegar en el correo de las 9, decidí traértelo personalmente.

-¿Lo abriste?- pregunté sin mirarlo de nuevo.

-No, pero sé lo que dice su contenido.

-A ver.

-Recibí ayer tarde una llamada sobre el presupuesto.

-¿Ayer? ¿Y por qué no me avisaste?

-Ya te habías ido y como se que fuera del horario de trabajo sólo atiendes el beeper, decidí esperar. Pero para ahorrarte tiempo, pues veo que estas muy atareado, déjame decirte que te aprobaron el dinero para Apurito.

-Ya era hora. Por fin una nueva expedición- dije casi gritando.

-Y sin espantos- dijo Hugo sonriendo.

-Sabes que aquello es historia, y… gracias Hugo.

-De nada, aunque conociéndote, se que aún llevas colgando el hueso de la suerte.

-Así es, no te lo niego, pero prefiero que te refieras a él como mi fuente de inspiración.

-No me hagas reír tan temprano, Anselmo, y lamento no poder acompañarte tampoco esta vez; el cierre del año nos tiene de cabeza. Por cierto que aunque la facultad aprobó tu expedición, exigió algunos cambios en tu logística que ya te haré saber y entre los cuales está el que no quieren leer en tu próximo informe que la Sayona anda suelta- y lanzado una carcajada abandonó la oficina. Aquel comentario me ofendió pero recordé que Hugo, por medio de sus contactos en el Ministerio de Justicia, había mantenido atadas las manos de Vega. También, habiendo sido mi mentor desde antes de graduarme, y considerándolo como mi segundo padre, no pude más que poner los ojos en blanco mientras firmaba el reporte y lo colocaba en la ‘bandeja de salida’.

En la facultad de Antropología, para nadie era un secreto lo de mi silbón-manía, aunque muy pocos sabían de los análisis que había mandado a hacerle repetidas veces al colmillo con fondos tomados por debajo de cuerda y sólo para obtener los mismos absurdos resultados. No había sido fácil que recibieran mi solicitud para excavar en Apurito donde varios estudios indicaban la posible existencia de un cementerio otomaco. Aparte de asistir a un par de conferencias y dictar mis clases regulares, había pasado los meses calentando mi butacón de cuero, pero gracias a los buenos oficios de Hugo, quien terminó ‘convenciendo’ a dos de los decanos, pronto saldría yo con rumbo a Achaguas.

***

Un mes después de habérseme concedido explorar Apurito, partí acompañado por un nuevo equipo de trabajo. Menos estudiantes, más colegas y cero llaneros locales como ayudantes. Esto último estaba entre las peticiones del decanato y había sido 'arreglado' por Hugo tras contactar a la Alcaldía de Achaguas y al sindicato local.

Acampamos cerca del pueblo al sur de la troncal 19 y tras la ardua labor de un caluroso primer día de excavación, no encontramos nada. Esa noche me puse a repasar los mapas cartográficos y descubrí que, por un par de grados en el cálculo topográfico, habíamos estado buscando el cementerio en la localización incorrecta y pidiéndole a Vicente, nuestro cartógrafo, que hiciera un nuevo replanteo, me fui a dormir.

Tuve entonces el primer sueño.

Caía libremente por un abismo en el que flotaban guerreros otomacos semi-desnudos que me miraban como pidiendo auxilio. A medida que descendía, los cuerpos comenzaban a descarnarse hasta quedar convertidos en esqueletos. Poco a poco todo se iba oscureciendo a mi alrededor salvo por un cilindro de luz que trazaba mi caída. Seguía cayendo pero ahora los esqueletos habían desaparecido. Entonces, sentía que algo se me enroscaba alrededor del cuerpo a la vez que amortiguaba mi caída y una enorme cabeza abría su boca llena de dientes desproporcionados y filosos y tragándome entero comenzaba a agitarme sin parar. ¡Anselmo! ¡Anselmo! Era Vicente quien sacudiéndome fuertemente por ambos hombros me clavaba sus uñas y me gritaba.

-¿Qué hora es?- le dije espabilando idiotamente.

-¡Carajo, profe! ¡Por un momento creí que usted estaba muerto! Vine a buscarlo pues ya todos desayunamos y supusimos que usted se había quedado dormido  –dijo el cartógrafo sudando y respirando más fuerte que yo.

Luego de desayunar me uní a mis compañeros y giré instrucciones sobre los sitios dónde excavar en la nueva locación que estaba a unos cien metros más al sur de donde habíamos comenzado el día anterior. Cerca del mediodía uno de mis colegas entró a mi tienda con el rostro enrojecido y sudoroso.

-¡Bernett! Venga, hemos hallado la primera tumba- dijo el hombre sonriendo emocionadamente.

Efectivamente, semi-expuestos bajo el sol llanero, dos manos y un cráneo de color calcáreo contrastaban con la tierra roja que los encarcelaba. Entonces surgió un problema. Los distintos restos que se encontraban juntos no pertenecían al mismo cuerpo. Unos tras otros, fueron apareciendo huesos fracturados e incompletos y dispersos en un radio de 50 metros a la redonda. Al final del día pudimos reunir y armar cinco esqueletos incompletos. El hallazgo nos tenía confundidos. Aquello parecía un rompecabezas de huesos y armas de guerra, tales como flechas, lanzas y cuchillos. Nada que ver con un cementerio o un ritual funerario otomaco.

Esa segunda noche, aunque cansados tras desenterrar otras cinco ‘tumbas’, nos sentamos alrededor de una gran fogata a repasar el plan de trabajo del día siguiente. Terminada la reunión, uno de los alumnos más jóvenes me pidió, levantando la voz para que los demás lo oyeran, que les contara sobre el Silbón. Los otros estudiantes lo secundaron. El colega que tenía a mi lado me dijo que no les hiciera caso, que intentaban burlarse de mí,  pero ignorando sus palabras me levanté y les conté la pelea entre Efigenio y el Silbón. A medida que narraba, me descubrí a mi mismo sujetando con fuerza el collar con el colmillo. Finalizado el cuento, les mostré el colmillo el cual se fueron pasando de mano en mano.

Esa noche volvió a repetirse el sueño. Idéntico al primero, solo que en vez de Vicente, era mi reloj el que me despertaba. ¿Qué significaba aquel sueño? ¡Ayúdame, Efigenio! Susurré secándome el sudor mientras sorbía una taza de café bien caliente.

El sueño se repitió cada noche por cinco días. El sexto día, ya no encontramos más huesos. Habíamos descubierto los restos de unos veinticinco otomacos lo cual además de representar un hito en la historia moderna de la antropología venezolana, también constituía un enigma. Curiosamente, en el centro del osario no fue hallado ningún hueso. Celebramos con una suculenta cena y licor como era costumbre y habiendo comenzado a cerrar las fosas y a empacar, nos preparamos para pasar la última noche de campamento en Apurito.

Soñé otra vez pero el inicio del sueño cambió. Corbata, la perra de Clementico, me arrastraba halándome por el cuello de la camisa y me alejaba, de mi tienda en llamas, hacia el lugar de nuestra excavación. El resto del campamento también se incendiaba. Noté que Corbata estaba muy mal herida y que agotadas ya sus fuerzas, me soltaba en el centro del osario y se desplomaba. Luego yo comenzaba a caer de nuevo, como en los otros sueños. Me desperté y saltando de la hamaca, salí de la tienda pero solo vi los montones de tierra donde habíamos extraído los huesos. El viento nocturno silbaba suavemente entre los arboles cercanos y creí escuchar las primeras de las últimas palabras de Efigenio: “Debes encontrar al Silbón...” Sentía que el Silbón estaba cerca, de alguna manera.

A la mañana siguiente, quitándome el collar con el colmillo, me lo eché al bolsillo y agarrando una pala, salí de mi tienda y comencé a excavar en el centro del 'cementerio'. Uno a uno, todos fueron saliendo de sus tiendas y me contemplaban absortos. Les grité –inventando una excusa- que había perdido el colmillo del Silbón y que estaba seguro que se me había caído allí la noche anterior. Por uno momento, sólo se escuchó el sonido del metal de mi pala chocando contra la tierra. Entonces, Vicente agarrando su pala se unió a mí y seguidamente, el resto mis compañeros hizo lo mismo y comenzaron a excavar y a excavar. ¡Más hondo! ¡Más hondo! Les gritaba. Sudando, todos reían. Supuse que pensaban que pronto estarían visitándome en un manicomio.

A un grito de ¡Alto!, todos paramos de cavar y esperamos a que la nube de polvo se disipara. Lo primero en aparecer fue el cráneo. Todos soltaron las palas y sacaron sus piquetas. A medida que removíamos la tierra fuimos descubriendo poco a poco, con horror y fascinación, que desenterrábamos una criatura humanoide con las piernas exageradamente largas y con una estatura aproximada de dos metros y medio. Metiéndome la mano al bolsillo, saqué a la vista de todos, el collar con el colmillo y lo coloque de nuevo alrededor de mi cuello. Ahora era yo el que reía.

***

Luego de múltiples estudios a los restos descubiertos en Apurito, mis conclusiones apuntaban a que pertenecían al Silbón y a sus veinticinco víctimas. No habíamos descubierto un cementerio sino el sitio de una hecatombe. Así de simple.  Para mi desconcierto, las mandíbulas del Silbón estaban desdentadas. También encontramos junto al esqueleto algo inexplicable: eran las quijadas de un pez grande del tamaño de un tiburón.

Como líder y responsable del hallazgo de Apurito, no tanto por temor a la posibilidad de perder mi trabajo y quedar de nuevo en ridículo ante la universidad, sino de echar por tierra la herencia de una tradición venezolana tan importante, le pedí a Hugo y al resto de la facultad, que, si bien se podía divulgar nuestro hallazgo de los restos otomacos, mantuvieran clasificadamente y por algún tiempo mi descubrimiento del Silbón. Alegué que necesitaba tiempo para estudiar y organizar toda la evidencia al respecto.

Hasta aquí pareciera que la leyenda del Silbón llegaba a su fin, pero algunas semanas después de mi descubrimiento, recibí una carta del núcleo de Barinitas de la Universidad de Los Llanos. Una antropólogo forense llamada Berenice, me invitaba a atestiguar un hallazgo.


***

Habíamos acordado encontrarnos en la cafetería de la universidad que me pareció bastante espaciosa y concurrida aquella tarde. Sabiendo que nadie me conocía en aquel lugar público, me sentí libre. Nadie me observaba con curiosidad o se reía de mí. Desde un rincón, una mujer joven y simpática me hacía señas con la mano.

-¡Doctor Bernett!- dijo con voz melodiosa, casi en verso.

-¿Doctora Berenice?- le pregunté colocando mi maletín sobre una de las sillas desocupadas de la mesa.

-Berenice, doctor. Llámeme Berenice- dijo sonriendo.

-Entonces yo seré Anselmo- dije peinándome con la mano.

Berenice, quien era oriunda del lugar, me dijo que desde siempre oyó hablar sobre mí, el Silbón y la recompensa, pero no fue sino hasta leer la noticia sobre nuestro hallazgo de Apurito que se decidió a mostrarme algo que conservaba desde hacía algún tiempo y que me dejó boquiabierto. Eran los restos de las piernas de un supuesto Silbón. Aparentemente habían sido 'pescadas' años atrás durante una expedición de la universidad en el río Apure y presentaban señales de haber sido raídas por pirañas. Del resto del cuerpo nunca se encontró nada. Quedé muy sorprendido al notar a simple vista que los huesos eran muy similares a los del Silbón de Apurito.

-No te preocupes por la recompensa, que no te la voy a reclamar- me dijo Berenice, riendo.

Tras recibir repetidos mensajes en mi beeper, le prometí a Berenice hacerle pronto una nueva visita y compartirle lo que sabía del Silbón.

La nube de misterio del espanto comenzaba a disiparse ¿Y si hubiese más de un Silbón? ¿Y si se tratara de una raza o estirpe desconocida? Ello explicaría el por qué el Desandas había sido visto casi al mismo tiempo en lugares muy distantes entre sí.

Decidí ir a Guasdualito y, de madrugada, tras sobornar al sepulturero, exhumamos secreta e ilegalmente la tumba del niño de ocho años. En dicho proceso me sorprendió el tamaño del ataúd que era de adulto. Pero lo que me llenó de espanto y horror fue el descubrir que el esqueleto del niño tenía aserradas sus extremidades inferiores a la altura de las rodillas para poderlo hacer caber en la urna. Tras enterrar de nuevo el esqueleto, llegué a una primera conclusión: el Silbón existía como especie endémica del llano venezolano. Aunque tenía mucho que estudiar sobre el Silbón, ahora sabía que su leyenda siempre fue un pretexto, una simple invención para ocultar su real existencia, pero ¿Por qué?

Comments