El Colmillo del Silbón [Parte 5 de 7]
«La felicidad que se inmoviliza, que se hace pesada, es un blanco fácil para la aniquilación y el deterioro; es carne para la muerte»
Juan Carlos Méndez Guédez, Los maletines (2014)
SOL
Dejé
atrás Guasdualito luego de mediar entre la universidad y las autoridades
locales para exhumar –ahora legalmente- el cuerpo del niño de ocho años y
enviarlo a nuestros laboratorios para su estudio. Con las imágenes de los tres
esqueletos de Silbón danzando en mi mente, mi primera reacción fue emprender la
búsqueda mi diario.
Una madrugada en que regresaba a casa después de recorrer con Hugo y otros colegas media docena de barras, tascas y clubes de Sabana Grande, me encontré con que el ascensor del edificio estaba descompuesto. Con una gran arrechera y maldiciendo a voz en cuello a la administración del edificio, subí tambaleante los catorce pisos hasta llegar a mi pent-house. Al momento de abrir la puerta, todo el edificio sonaba como un gallinero. Luego de desvestirme, me senté en la cama y encendí un cigarrillo. Ahora todo estaba de nuevo en calma. Sabiendo que sufro de insomnio cada vez que bebo, me tomé dos tabletas de Barbital y extraje un libro al azar de la pequeña estantería del cuarto para leer algo antes de quedarme dormido. Para mi horror, había agarrado el diabólico diario del Silbón que seguramente mi casera había recogido del suelo y colocado en la estantería. De inmediato, impulsado por una incontenible ira, le prendí fuego y lo lancé por el bajante de la basura. Acto aquel en extremo peligroso por los gases de los desechos orgánicos en descomposición pero pienso que la falta de aire suficiente para enriquecer la mezcla explosiva sofocó el fuego evitando que aquella parte del edificio estallara, se incendiara y colapsara. Por suerte también, para mi diario, los trabajadores del servicio del aseo urbano estaban de huelga lo cual significaba que se encontraba oculto entre los desechos y demás podredumbres del edificio.
En compañía de cuatro gatos, me metí de cabeza en los contenedores de basura donde estuve hurgando por un buen rato. Finalmente, sudado y hediondo pero con una triunfante sonrisa, regresé con el diario abierto entre mis manos. Gracias a Dios sólo los bordes de sus páginas estaban chamuscados. Sus tapas estaban embarradas de una baba verde y olorosa a vitriolo. Con un temblor quemante en mis manos fui despegando y pasando una tras otra las hojas hasta detenerme en lo que buscaba.
Después de mi última noche en Apurito, los sueños habían cesado. ¿Fueron acaso sueños premonitorios o producto de mi deseo subconsciente por encontrar al Silbón? Nunca lo sabré. Lo que si tuve claro fue el convencer a Hugo, a los decanos y al consejo de la facultad de que no existía ninguna relación entre el supuesto cementerio otomaco y el Silbón. Ellos sospechaban que tal relación existía y que había sido la causa de mi interés y presión por obtener el presupuesto para Apurito. Estaban en lo cierto. Mis razones tuvieron que ver con un documento con el cual me topé cuando aun tenía la fiebre por el Silbón.
***
Me encontraba una tarde en la biblioteca de la universidad consultando información que pudiera arrojar luz sobre la naturaleza del espanto. El pronóstico del tiempo era de fuertes tormentas eléctricas durante toda la noche. Las horas fueron transcurriendo al compás de los truenos y el destello de los relámpagos a través de los altos vitrales del edificio. Mi mesa se había ido llenando de libros y papeles sin que yo pudiera sacar información útil de ellos. Las otras mesas de lectura se fueron vaciando con el caer de la noche. Fue entonces que, metido entre las páginas de uno de los empolvados volúmenes de la Descripción de las Indias Occidentales de Antonio de Herrera, reposaba un folio manuscrito y firmado por un fraile español llamado F. Ichaso que narraba la matanza de un grupo de indígenas otomacos a principios del siglo XVII en el área central de los llanos venezolanos. Según la narrativa de Ichaso, él mismo había sido testigo y había logrado escapar con vida de la matanza. Por tratarse de un documento trascendente y de invaluable información, decidí fotocopiarlo antes de remitirlo al curador pero de camino a la sala de impresión, tras un fuerte trueno, se fue la luz en todo el edificio. Entonces, diría que por ética profesional –pues pude haberlo robado-, comencé a transcribir el manuscrito a mi diario a la luz de una vela que me prestara el bibliotecario de guardia.
Me despertaron los gritos del vigilante nocturno que me halaba por la camisa para apartarme del fuego. Me había quedado dormido sobre la mesa y ésta ahora ardía en llamas. Entonces recordé el manuscrito y el diario. A mis gritos de ¡se queman! ¡se queman! el vigilante se oponía a soltarme. Finalmente logré zafármele y corrí hacia el fuego. En el suelo, bajo la mesa, vi que yacía mi diario y metiendo una mano logré asirlo no sin antes ver las llamas subir por la manga de mi camisa. El vigilante y el bibliotecario saltaron a tiempo sobre mí con extintores logrando sofocar el fuego en mi ropa. Bañado de la cabeza a los pies de polvo químico seco, levanté en alto mi diario, grité algo que no recuerdo y me desmayé.
A continuación mi transcripción del manuscrito.
Breve relación de la masacre de un grupo de indios varones otomacos al norte del río Orinoco en el Reino de Venecvela.
Año de Gracia de Nuestro Señor de 1647. Escribo a continuación con verdad y todo el tiempo, lo que sé y he visto. Quiera Nuestra Santa Virgen guiar mi mano para poner por escrito la crónica de lo sucedido. Convertía yo a nuestra santa fe católica una tribu de Otomacos, aunque notables comedores de tierra son ovejas mansas. Faltando poco para irse el verano o época seca, y sabiendo que venían los meses de lluvia, emprendí camino desde la aldea al norte del río Orinoco acompañando a un grupo de treinta varones otomacos a buscar refugio en las tierras altas, no anegadas, cerca de un río menor recién descubierto por el Capitán Ochogavia; buscábamos un lugar donde construir la nueva aldea y mudarnos evitando la crecida de los ríos. El guía, chamán y también mi intérprete sabía de un área ideal para la caza, pesca y recolección que estaba por lo más cercano tres leguas. Se nos hizo de tarde y acampamos ya cerca del río menor para pasar la noche y continuar al día siguiente. Me despertó el guía diciéndome que hiciera silencio y escuchara. Al cabo de un rato oí unos silbidos que se repetían. Dije es un pájaro pero el guía me dijo que no. Dijo que era un espíritu malo y me pidió que rezara para que el espíritu se fuera. Con un rosario en una mano y flechas y lanzas en la otra, los indios comenzaron a rezar conmigo pero los silbidos no se iban. Entonces vimos como uno de los jóvenes fue jalado por la cabeza hacia atrás y desapareció de nuestra vista. Corrimos a refugiarnos al monte. Se sentía una presencia del diablo en aquel lugar. Luego al más viejo, algo lo jaló desde los arboles. Los indios encendieron antorchas y decidieron pegarle fuego y matar al demonio encarnado. Al poco vide al demonio encarnado. Tenía apariencia humana y era muy alto como tres varas. Sujetaba con sus manos frente a si lo que pareció era un saco del que escurrían huesos y echándoselo a los indios los cortaba en pedazos. A pesar de las flechas y lanzas clavadas, el demonio encarnado hacíalos trozos a casi todos. He visto a los de mi raza matar indios pero nunca vide un ser tan cruel, feroz e infernal como este demonio encarnado. ¿Qué era aquella fea e inhumana especie viviente? Pude acercarme a uno de los indios malherido y me lo llevé de regreso a la aldea. El indio tenía pesadillas y yo no entendía lo que decía pues mi traductor también fue muerto por el demonio encarnado. Deje al indio con las mujeres, los ancianos y los niños en la aldea y partí para buscar ayuda. A las pocas semanas regresamos a la aldea y la encontramos desierta. MDCXLVII.
La historia del fraile era sencillamente increíble y fascinante. Además del texto, el manuscrito contenía en su cara posterior un mapa y un dibujo del demonio. Mi explicación fue que se trataba del primer ataque documentado del Silbón, y fue por ello que documenté y soporté falsamente lo del cementerio y solicité la expedición a Apurito, pero la razón por la cual había vuelto a rescatar el diario se debía a que contenía la única referencia que mencionaba el saco del silbón. Cerca de ninguno de los esqueletos de los silbones se había encontrado un saco de huesos. Pero el padre Ichaso lo mencionaba en su manuscrito. Deduje de su narrativa y del dibujo, que el Silbón poseía cierto grado de inteligencia al haber cosido a su saco las quijadas de pez convirtiéndolo en un arma letal. Con esta información junto a los análisis de carbono 14 y ADN de los tres silbones, preparé con la ayuda de Berenice, un informe antropológico de más de 500 cuartillas y me dispuse a declarar a Venezuela y al mundo la existencia del Silbón.
Había planeado revelar mi revolucionario descubrimiento en un congreso latinoamericano de antropología que se llevaría a cabo en nuestra universidad.
Ponencia: “El más grande descubrimiento antropológico de Venezuela: El Silbón en carne y hueso“.
Aunque amarillista, me gustaba como se veía desde mi oficina una gran bandera vertical con el título de mi ponencia frente a la fachada principal de la universidad. También, frente a las puertas de la universidad, varios grupos de personas –vestidos en su mayoría a la usanza llanera- manifestaban con pancartas y amenazaban con entrar a la fuerza. “El Silbón es un Espanto”, “Viva el Silbón” “Muerte al usurpador”. Los manifestantes estaban rodeados por camarógrafos, fotógrafos y periodistas. Pude ver entonces, al frente de los llaneros, a un niño que en ese momento era entrevistado para la televisión y quien levantando su mirada hacia mi ventana me señalaba sonriendo con malicia. Era Clementico. No lo podía creer.
Con un par de ponencias por delante de la mía, brindaba con Hugo y Berenice anticipando mi triunfo cuando fui abordado por varios colegas que me solicitaban me abstuviera de hacer mi disertación. Alegaban que estaba creando un conflicto etnológico con la presentación de antropología mítica de un reconocido antropólogo colombiano cuyo trabajo, contrario al mío, conciliaba las diferencias entre la superstición y la ciencia. Yo sabía que en el fondo se los comía la envidia, en especial, por la propaganda que la barahúnda afuera me estaba haciendo. Decidido a exponer mi hallazgo, objeté la petición y aquella absurda controversia académica expuesta por mis colegas.
-¡Que hable Bernett! –gritó uno de los periodistas.
-¡Que muera el desenterrador de muertos!- gritó Clementico.
Esto último fue suficiente para que todo aquel rebullicio enloqueciera. Hugo llamó al jefe de policía para redoblar la barrera pero ya era tarde. Los llaneros rompiendo la barrera existente, irrumpieron en el edificio de la universidad y comenzaron a destruir todo a su paso. Una bomba molotov estalló en alguna parte y comenzó un incendio. No hubo tiempo para nada. El incendio se extendió rápidamente. Explotaron varias bombas lacrimógenas. Se oían gritos por doquier y en pocos minutos se consumió la sala preparada para presentar mi descubrimiento y con ella, los tres silbones y mi informe.
Fui escoltado semiinconsciente por la gente de seguridad.
Yo apenas balbuceaba ¡mis silbones! ¡mis silbones! mientras Berenice con su voz melodiosa, de verso, me decía ¡todo va a estar bien, Anselmo!
Estuve en el hospital por varios días balbuceando incoherencias y posteriormente al enterarme que mi pent-house también había sido saqueado, fui llevado a un sanatorio.
Varias semanas después, ya recuperado y desobedeciendo los consejos de Hugo y Berenice de que me tomara unas vacaciones, regresé de nuevo al Llano –de incógnito, por supuesto- pero ésta vez no tuve suerte como antes. Luego de varias semanas de búsqueda infructuosa, casi sin comer ni dormir, en mi intento por reponer la evidencia del Silbón, me hallaron inconsciente en un hotel de mala muerte en San Fernando de Apure.
***
Después de casi veinte años, hace dos días recibí la llamada de Berenice, mi esposa. Sí. Gracias a sus cuidados y dedicación a mi rehabilitación, fuimos conociéndonos cada vez más hasta que una tarde lluviosa que paseábamos por la ciudad, puse mi rodilla en tierra y ofreciéndole el anillo de oro de mi madre, le pedí que fuera mi esposa. Con el transcurrir del tiempo, si bien Berenice intentaba metódicamente el que comenzáramos una nueva vida, yo, poco a poco, con mente fresca y poniendo de lado las emociones fui reconstruyendo desde cero, sin extrapolaciones, de manera científica, crítica y convincente una sólida etnografía sobre el Silbón enmarcada dentro de los cánones científicos. Finalmente mi estudio se impuso al borrón y cuenta nueva de mi esposa y juntos, mediante una discreta y continua consulta y asesoramiento con otros antropólogos y entendidos en otros campos como la etnología y la geografía, comenzamos a seguir, poco a poco y con mucho tacto, las huellas del espanto.
Ahora Berenice me informaba que tenía noticias de un Silbón que había sido capturado vivo entre Aparición y Ospino. Al principio no lo creí. No era la primera vez que gente inescrupulosa intentaba sacarnos dinero con información falsa. Pero tras varios contactos, pudimos corroborar que la información biométrica era tan exacta que sólo podía provenir de un Silbón genuino. Después de veinte largos años, estábamos a un paso de afrontar, ya no los sueños de locura de Efigenio, ni las historias inventadas de Eloy, ni el demonio del padre Ichaso, ni antiguos huesos calcificados por el tiempo, sino al Silbón de carne y hueso.
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