El Colmillo del Silbón [Parte 6 de 7]
«Las cargas están equilibradas. Ya fue derramada la sangre necesaria para volver las cosas al orden»
Rubi Guerra, El Discreto Enemigo (2001)
LA
Llovía torrencialmente el día que
enterramos a Hugo. A pesar de la carpa de lona blanca que guarecía la fosa, el
féretro y la concurrencia, y a pesar de mi paraguas y del sobretodo que llevaba
encima, sentía que la lluvia me mojaba por dentro, erosionando la fina capa de
apego familiar que aún quedaba en mí. Producto de ello, habiendo sido hijo
único, con mis padres difuntos y ahora Hugo reuniéndoseles en el más allá, me
costaba el concordar con Berenice, por temor de perderla a ella también, si
valía la pena el seguir persiguiendo las huellas del Silbón.
Hugo había
sido el único a quien Berenice y yo habíamos confiado nuestro proyecto de cazar
al Silbón en solitario y al margen de la universidad. Aun cuando en un principio
le pareció una idea descabellada, tras su jubilación y mostrándose reacio a
disfrutar del famoso descanso del guerrero, un domingo en la tarde que nos
visitaba, como era su costumbre, luego de echarse el segundo trago doble de
güisqui –que era su límite-, Hugo exclamó: ¡qué coño! y desde ese entonces
comenzó a brindarnos su total apoyo profesional y financiero. Fueron muchas las
veces que viajamos juntos al llano y muchas las madrugadas que pasamos
revisando la escasa evidencia científica que sobre el Silbón pudimos salvar del
incendio en la universidad y del saqueo en mi pent-house, así como la nueva
evidencia que íbamos recolectando a nuestro paso.
Gracias al
amigo de un amigo de Hugo supimos lo del supuesto Silbón capturado vivo entre
Aparición y Ospino. Sus captores, unos llaneros facinerosos y cuatreros,
querían matarlo y destruirlo, pero Hugo, inventando una ficticia mediación
entre la universidad y ellos, ofreció “comprar” al espanto garantizándoles que
luego de su estudio, el Silbón sería incinerado. De buenas a primeras me opuse
a aquella negociación pues no era la primera vez que la gente intentaba
embaucarnos, pero Berenice, llena de entusiasmo y tras realizar varios
contactos, me aseguraba que ésta vez se trataba de un auténtico Silbón de carne
y hueso. El verla decirme aquello era como verme a mí mismo en los días de mi
Silbón-manía.
La compra
del Silbón se realizaría en un abandonado trapiche al norte del Parque Nacional
el Guache y que era utilizado como matadero de las reses que robaban los
llaneros captores. Se había acordado también que mientras se completaba la
negociación del espanto, el cuidado del mismo quedaría a cargo de un cirujano
veterinario llamado Abraham Falsafat quien era primo hermano de uno de los
llaneros ladrones y quien era el que se encargaba de examinar, curar y poner
precio al ganado en pie y de matar y desollar el ganado que se vendía
despiezado. Dos noches antes de nuestra partida hacia las tierras de Páez,
celebrábamos el cumpleaños 75 de Hugo. Le regalamos una nueva cámara
fotográfica, de las que toman fotos en plena oscuridad. Entonces Hugo, luego de
soplar las velas y saborear un buen trozo de pastel, colapsó. Padecía de
diabetes tipo 2 y de la cual no se cuidaba mucho. Mientras era transportado en
ambulancia hacia la clínica más cercana, apretando mis manos, susurró:
“¡Tráiganmelo!” y expiró. Murió de un infarto cardíaco.
***
Belisario y
yo nos detuvimos en una encrucijada de trochas. Finalmente había escampado y el
cielo comenzaba a despejarse. A los pocos minutos, vimos aproximarse dos
vehículos por la trocha más amplia y septentrional. Eran Berenice y otro
baquiano que llegaban justo a tiempo. Habiendo partido en la mañana desde
Cubiro, y siguiendo un camino más largo pero menos agreste, atravesaron el
Parque Nacional Yacambú y entraron al Guache. La Hummer de Berenice traía
remolcada una jaula especial donde llevaríamos el Silbón a la civilización.
-¡Anselmo,
por fin lo logramos! - me dijo Berenice al apearse del vehículo.
-Eso
parece– le dije y envolviendo su espalda con mi brazo la apreté hacia mí,
besándola y susurrándole al oído –Sigo pensando que no has debido venir. Yo
solo me hubiese encargado de la negociación. De cualquier forma, creo que todo
esto es una pérdida de tiempo y dinero.
-Ten fe– me
susurró Berenice. –El doctor Falsafat me confirmó el resto de la información
que le pedimos y todo apunta a que se trata de un auténtico Silbón.
Continuamos
la marcha mientras las sombras de la noche comenzaban a descender sobre
nosotros.
A pesar del
constante sonido de los motores de nuestra pequeña caravana, detrás de la
oscura selva, que hasta ahora parecía crecer y envolvernos, comenzamos a
escuchar sonidos de voces y de música que se repetían y que nos indicaban que
la selva ya no estaba vacía. La cortina verde se abrió para dar paso a una
inesperada llanura que estaba iluminada con cientos de bombillas. En su extremo
más alejado y de frente a nosotros estaba el trapiche.
***
Dos
llaneros armados con escopetas nos detuvieron y pidiendo que nos
identificáramos, avisaron por radio de nuestra llegada. Luego, dejándonos
pasar, comprendimos que todo el lugar estaba de fiesta. A nuestro alrededor se
podían apreciar grupos de llaneros disfrutando diferentes actividades. Había
una manga de coleo, una cancha de bolas criollas y una gallera. También, en un
galpón abierto se podía observar gente sentada jugando lo que parecía ser
baraja y dominó. Más allá, al lado de muchos chinchorros guindados, varias
terneras se asaban en varas a fuego lento. Dispersas, había mesas con ricos
manjares criollos y también vimos muchos quioscos donde los llaneros bebían
cerveza. En el centro de la llanura había una pista de baile en la que varias
parejas zapateaban al compás de la música recia de un grupo de arpa, cuatro y
maracas. Algunas muchachas estaban desnudas de la cintura para arriba bailando
sobre las bateas y los techos de los vehículos de doble tracción y haciendo
números obscenos en total desenfreno. Notamos que a casi todos parecía faltarle
una parte del cuerpo, tal y como había visto en Guachara. Ahora que nos
aproximábamos al trapiche pudimos notar que su torre estaba medio destruida y
que en un intento por ser reparada en alguna época remota, había quedado
incompleta y rodeada por andamios y escaleras. Nos llamó la atención ver en una
de las paredes laterales del trapiche, un hombre y una mujer completamente
desnudos que caminaban en fila india. Estaban amordazados, atados de manos y
entre sí, y entraban al trapiche ascendiendo por un pasillo de doble baranda de
los que se usan en los mataderos de reses.
En un
momento dado, pareció que todos se percataron de quiénes éramos pues la música
paró de sonar y las voces se fueron apagando hasta que se hizo un silencio
total. Ahora sólo se escuchaba el sonido de los motores de nuestro convoy a
medida que avanzábamos lentamente al abrirnos paso en medio de la multitud.
Entonces, se oyeron unos horrendos gruñidos y entrecortados silbidos que
provenían del interior del trapiche. Los rostros de las mujeres se llenaron de
terror y los hombres miraban al suelo, muy serios.
Nos
detuvimos frente al inmenso portón de entrada del trapiche. Delante del mismo y
en medio de una veintena de llaneros armados hasta los dientes, dos hombres de
aspecto dispar nos aguardaban. El primero era joven, como de unos 30 años, alto
y barbudo. Tenía un rifle al hombro, un sombrero pelo e guama puesto al sesgo,
un machete en una cadera y un radio Motorola en la otra. Vestía un liqui-liqui
blanco y nuevo y su rostro estaba recorrido por una larga y profunda cicatriz.
El segundo era un hombrecito regordete y calvo. Usaba lentes de montura dorada
tipo pinza nasal balanceados en la punta de su nariz. Vestía una bata y un
delantal blancos muy ensangrentados.
Un enjambre
de murciélagos comenzó a sobrevolar chillando sobre todo el lugar. Las mujeres
comenzaron a gritar y los hombres a reír y a disparar al cielo. Un cambio en la
dirección de la brisa hizo que sintiéramos una gran hediondez proveniente del
trapiche.
Nos bajamos
de nuestros vehículos y el joven barbudo acercándosenos, se quitó el sombrero e
hizo una reverencia exagerada y digna de un teatro isabelino.
-Bienvenidos
–dijo mirando todavía el suelo.
-¿El Doctor
Falsafat? –dije.
-No
–respondió el joven de barba.
-¿Doctor
Falsafat? –dije ésta vez dirigiéndome al hombrecito.
-A sus
órdenes- dijo el veterinario.
-Mucho
gusto, doctor. Soy Anselmo Bernett y ella es... –comencé a decirle.
-Con su
permiso- dijo interrumpiéndome el joven de la barba– Aquí quien hace las
presentaciones soy yo. Mi nombre es Eligio Quintero y yo soy quien manda aquí.
¿Trajeron el dinero? –preguntó sonriendo.
-Mucho
gusto señor Quintero. Sí, trajimos el dinero pero antes déjenos echarle un
vistazo al Silbón –le dije alzando la voz pues los gritos de las mujeres y la
detonación de los disparos eran ensordecedores.
-Esos
bichos son una plaga -dijo Eligio, no sé si refiriéndose a los murciélagos o al
gentío, y continuó diciendo- siempre que ese hijueputa del Silbón comienza a
silbar o a gruñir, todos los animales del monte se vuelven como locos.
Eligio dio
órdenes a sus hombres de que llevaran a los dos baquianos que habían venido con
nosotros a que se echaran unas cervecitas y que echaran una bailadita pero
Belisario se sacudió del par de llaneros que se lo llevaban y desenfundando su
revólver apuntó a Eligio.
-Vine por
mi otra mujer- le gritó al joven barbudo.
-Manuela,
sí. Bonita. Tenía buenas tetas. Lo siento mucho, Belisario, pero lamento
decirte que esta mañana se convirtió en el desayuno del Silbón- dijo Eligio con
una risa sardónica.
Belisario,
bajando el revólver comenzó a llorar.
-Manuela
era... acuérdate que tu perdiste la apuesta- dijo Eligio.
Belisario
levantó de nuevo el revólver y apuntando de nuevo a Eligio, le disparó. La bala
rozó una oreja del joven barbudo quien rifle en mano, hirió al baquiano en el
hombro cuyo brazo sostenía el revólver y éste cayó de su mano. Antes de que
Belisario se desplomara, los dos llaneros escoltas lo sostuvieron manteniéndolo
de pie. Eligio se acercó al baquiano y sacando el machete, lo decapitó.
-Llévenselo.
Uno más para la cena- dijo Eligio intentando detener la sangre que manaba de su
oreja y que le manchaba el liqui-liqui.
-Una vieja
cuenta que ya había quedado saldada- dijo Eligio volviéndose a nosotros-, y lo
otro, ustedes vieron, fue en defensa propia.
No tenía
idea de lo sucedido entre aquellos hombres, pero lamenté la muerte horrorosa de
Belisario y me di cuenta de que Eligio era un ser malévolo, despiadado y
peligroso. Tomando de la mano a Berenice la acerqué a mí.
-Un momento
Eligio. Antes de seguir con esto, quiero que me explique, ¿qué quiso decir
usted con eso de que la mujer de Belisario se convirtió en el desayuno del
Silbón y que Belisario va a servir de cena?- le dije.
-Mire
profe, eso no es asunto de su incumbencia. Mejor entremos y salgamos de nuestro
negocio lo más pronto- nos respondió mientras una de las mujeres le ponía una
venda en la oreja herida.
-Si quiere
ver el dinero, exigimos una explicación- dije sin inmutarme. Pude sentir que la
mano de Berenice se enfriaba entre la mía.
-Está bien.
Como usted desee, profesor. Esta mañana le di de comer al Silbón la mujer de su
baquiano. ¿Por qué? Ella era una infiel. Desde hace muchos siglos, el Silbón ha
sido una plaga para el llanero. Cientos de desaparecidos cada año gracias al
Silbón y los gobiernos siempre dicen que todo es superstición y que los
desaparecidos se han ido a Caracas o a otros centros poblados del país.
¡Mierda, no! ¡Mentiras! Pero desde hace unas tres décadas, la mayoría de los
llaneros mantenemos un pacto de sangre y carne como recordatorio del compromiso
de acabar con el Silbón. Todo llanero dispuesto a luchar por ver destruido al
espanto debe dar en sacrificio una parte de su cuerpo y así recibe también
ayuda y amparo de los otros que también se sometan. En cambio, los cobardes que
se niegan a pactar, como la puta de Manuela y el cabrón de Belisario, son
llamados infieles y abandonados por el resto y destruidos de ser posible. Mi
padre se cortó un testículo. A mí también me falta una bola. ¡Mire! –y
bajándose los pantalones dejó al aire sus partes. Berenice se cubrió el rostro
con mi pecho. Eligio prosiguió mientras se subía y ajustaba de nuevo los
pantalones -Mi padre me la cortó cuando yo era un niño. El hombre y la mujer
desnudos que vieron hace poco son infieles y acaban de convertirse en la cena
del espanto, pues ese bicho sólo se jarta de carne humana. Y todo eso para
mantenerlo vivo como nos lo pidió el señor Hugo, que en paz descanse.
-No se
atreva a mencionar de nuevo ese nombre- le dije lleno de ira.
-Lo que usted
hace se llama asesinato- le dijo Berenice.
-Profesora,
si hubiera visto como yo la catajarria de llaneros que el Silbón se ha comido,
entendería. Gracias al pacto, al Silbón le ha llegado por fin su hora y muy
pronto nuestra ancestral pesadilla habrá terminado. Y véannos ahora, los
llaneros estamos más unidos que nunca y celebrando anticipadamente y en grande.
Así que, si quieren llevarse al Silbón, es mejor que prosigamos. Si no,
regrésense por donde vinieron- dijo Eligio.
Ante el
riesgo de que Eligio se sintiera burlado y que perdiéramos la oportunidad de
tener al Silbón vivo, me abstuve de decirle al llanero que existía más de un
Silbón. Tampoco supe si antepuse a nuestra seguridad mi locura por tener al
Silbón pero tras convencer a Berenice, le dije al llanero que prosiguiera.
Eligio dijo
que siguiera la fiesta y avanzó hacia el portón. Me volteé a mirar de nuevo
aquel espectáculo festivo.
-Es una
llanura artificial- dijo el doctor Falsafat, y siguió- Quiero decir que no es
natural. Fue creada por misioneros jesuitas hace unos trescientos años para
asentar en ella una especie de santuario indígena.
Aquellas
palabras me hicieron recordar lo dicho por Belisario.
Eligio tocó
con el cañón del rifle sobre el macizo portón del trapiche. El portón se abrió
y el tufo, ahora aumentado cien veces, nos dio la bienvenida.
-¡Respiren
hondo. Respiren el olor de la libertad!–dijo Eligio lanzando un escupitajo.
Conteniendo
las nauseas, entramos. El portón se cerró de nuevo. Todo estaba en una gran
penumbra. Afuera, seguía la algarabía de la fiesta; adentro, el hedor y los
horrendos gruñidos y silbidos imperaban. El trapiche estaba lleno de más
llaneros. La oscuridad no nos permitía detallar nada. Eligio nos guió al centro
del recinto seguido por el doctor y golpeó nuevamente con la culata de su
rifle, esta vez contra el piso de madera.
-Es un
sótano que antiguamente se usaba para almacenar y resguardar el ron de mejor
calidad –dijo Eligio recibiendo de uno de los llaneros una lámpara de querosén
con la llama muy tenue.
Una sección
abisagrada en el piso se levantó. El hedor se hizo aun más nauseabundo y
pesado. Descendimos por una escalera en ruinas hasta un recinto húmedo y de una
oscuridad casi total. Delante de nosotros Eligio y el doctor nos indicaban el
camino a la tenue luz de la lámpara. El piso crujía bajo nuestros pies.
-Son
huesos. Huesos huecos y secos- dijo Falsafat.
El piso
estaba atiborrado de ellos. A medida que avanzábamos, el hedor aumentaba y
sentía que ahora caminábamos sobre materia blanda.
-Tendones,
músculos, carne y más huesos- siguió diciendo el veterinario.
Berenice
temblaba y se aferraba a mi camisa. No podía ver sus ojos pero sabía que
estaban llenos de horror.
-¿Qué es
todo esto, doctor? -pregunté.
-Sobras-
dijo Eligio riendo mientras aumentaba la llama de la lámpara.
Arrugué el
rostro. Esforzando la vista pudimos ver restos humanos pendiendo del techo,
colgando de las paredes y los que estaban esparcidos por el suelo aumentaban
formando ahora horrorosos y putrefactos montones. Aquello parecía una mismísima
escena sacada del Infierno de Dante, o hasta peor.
-¿Te
sientes bien?- le pregunté a Berenice quien se aferraba más a mí. Mis manos
estaban frías pero las de ella estaban heladas. Me hablaba en susurros tan
suaves que sólo alcanzaba a adivinar algunas de sus palabras tales como
“pesadilla”, “infierno”, “muerte”.
-¡Allá!-
dijo el llanero señalando adelante.
En lo que
asumí era el centro del sótano, pudimos ver una gran jaula de acero. A través
de los barrotes se podía ver un objeto circular y pegado a éste una figura
antropoide. Cubriendo mi nariz intenté encender mi linterna pero el doctor me
contuvo.
-Aunque
está sedado, la luz lo pone irascible. Créame que será mejor si no lo
encandila– dijo falsafat.
Berenice y
yo dejamos escapar al mismo tiempo una exclamación de espanto. Ahora que
nuestras pupilas estaban lo suficientemente dilatadas para detallar más
claramente, vimos al Silbón. Ya no gruñía y apenas silbaba. Estaba encadenado
de pies y manos a la rueda del viejo molino del trapiche que estaba pegada
desde el exterior a una de las caras de la jaula. Con sus brazos y piernas
extendidos, el Silbón era una alargada y abominable versión del hombre de
Vitruvio de da Vinci. Estaba desnudo y lleno de sangre y barro. Tenía el
cabello y la barba muy largos y rojizos. Su rostro era cadavérico y tenía arcos
superciliares bastante prominentes. Noté que atraíamos su atención y nos miraba
con ojos rojos de pupilas rasgadas como de reptil. Un enredo de gruesas venas,
también rojas, latía y parecía serpentear sobre su rostro. Respiraba con
dificultad emitiendo un tono de silbido cuando inhalaba y otro tono distinto
cuando exhalaba. A ratos, un espasmo sacudía su cuerpo que presentaba horrendas
heridas y laceraciones. De la parte inferior frontal de su torso –área del
estomago- salía un tubo visceral largo y flexible de unos dos metros de largo y
unos 4 centímetros de diámetro. El tubo terminaba en una bolsa de carne con
boca y muchos dientes. Dientes muy afilados. Libre, el tubo parecía serpentear
por sí solo, como enfrentándonos. También observé heridas y laceraciones en la
bolsa.
-Les
presento al Silbón- dijo Eligio.
-No han
debido lastimarlo –dijo Berenice.
-Alégrense
de verlo vivo– dijo el doctor.
-¿Y el saco
del Silbón? ¿Dónde está? –pregunté.
-Eso que
observa al lado del Silbón, eso es el saco–respondió Eligio rascándose la nuca.
-En verdad,
no es ningún saco- dijo Falsafat -. Es un exo-estómago con una boca y filosos
dientes y como pueden observar, está unido a un intestino cartilaginoso y
vertebrado que se enrosca y desenrosca lo que le permite al exo-estómago
desgarrar y engullir a su presa. Estos hombres estuvieron a punto de
cortárselo. De haberlo hecho, el Silbón no hubiese sobrevivido mucho tiempo.
-Pero ese
lo-que-sea-estómago es lo que ha matado a muchos de mis hombres- dijo Eligio.
Ahora todo
estaba claro. El famoso saco del Silbón era realmente un exo-estomago que se
unía a su vientre a manera de cordón umbilical. Ello explicaba la supuesta
quijada de pez que hallamos en Apurito.
-¡Por fin!
¡Un Silbón auténtico y vivo! –le dije sonriendo a Berenice, fascinado al contemplar
con atención al espanto.
-Es el
demonio encarnado– dijo Eligio escupiendo de nuevo.
El
exo-estómago emitió una especie de eructo y de su boca rodaron por el suelo
varios huesos ralos y un cráneo, todos cubiertos con una baba de color verde
ajenjo. El Silbón comenzó a gruñir de nuevo. Instintivamente le calculé dos
metros y medio de estatura.
-Esa mucosa
verde es jugo gástrico y bilis... –dijo el veterinario.
-Terminemos
este negocio de una vez –dijo Eligio interrumpiendo a Falsafat -Denme el dinero
y se llevan al Silbón.
Le pedí a
Berenice que me entregara unas llaves que ella traía en su coala y las cuales
le entregué a Eligio.
-El dinero
está oculto en varios compartimientos bajo la jaula que trajimos- dije.
Eligio le
entregó las llaves a uno de los llaneros quien de inmediato subió corriendo las
escaleras. Entretanto, Eligio se comunicaba con sus hombres en el exterior
usando el radio Motorola. A los pocos minutos, recibió confirmación del dinero
encontrado.
-Gracias.
Ahora el Silbón es todo suyo, y ya que tengo lo que quería, puedo hablarle
claro profesor Anselmo Bernett, o tal vez prefiere que lo llame ‘desenterrador
de muertos’- dijo Eligio.
Aquellas últimas palabras del joven con barba me dejaron literalmente boquiabierto.
Aquellas últimas palabras del joven con barba me dejaron literalmente boquiabierto.
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