El Colmillo del Silbón [Parte 7 de 7]
«La emoción
más fuerte y más antigua de la humanidad es el miedo, y el más antiguo y más
intenso de los miedos es el miedo a lo desconocido»
H.P. Lovecraft (1927)
SI
«¿Es usté
el desenterrador de muertos?»
Aquellas palabras volvieron a resonar en mi mente como crepitando entre
las llamas de una moribunda fogata a las afueras de Guachara, veinte años
atrás...
Intentando ganarme la confianza del niño, traté de recordar algún cuento
de Juan Camejo o de Tío Tigre y Tío Conejo pero ninguno me venía a la mente.
-¿Te gustan las historias de piratas?- acerté a decirle al niño que,
aferrado a su padre, me seguía mirando con su carita sucia y sus ojos llenos de
miedo. A su lado, la perra gruñía y me mostraba sus dientes blancos y
brillantes.
-¿Los señores de la pata ‘e palo y la cosa negra en el ojo?- preguntó el
niño mirando a su padre.
-Sí, con barcos, tesoros y el perico hablador- dije.
El niño sonrió moviendo unos de sus piececitos descalzos sobre el hocico
de la perra que comenzó a lamérselo.
-Sí, me gustan mucho. Tengo un libro d’ellos. No sé leer pero me gustan
los dibujos que tiene- dijo el niño.
-Pues bien, déjame contarte sobre un pirata que una vez robó un gran
barco pues pensaba que, como navegaba muy bien custodiado, iba lleno de
tesoros.
-¿Tenía mucho oro y diamantes?- preguntó el niño.
-No. El pirata no encontró ningún cofre de tesoros en el barco. Sólo
había barriles. Creyendo que eran de pólvora los abrió con mucho cuidado y
¿sabes que sucedió?
-Todo hizo pum- dijo el niño, riéndose.
-No. El pirata descubrió que los barriles estaban llenos con muchos,
muchos insectos, muy pequeños. Como los chipos.
El niño levantó de nuevo la mirada hacia su padre y éste le susurró:
“coquitos”.
-¿Cocos? Guácala ¿Y qué hizo?- dijo el niño.
-Igual se los robó y luego descubrió el valor de aquellos insectos pues
con ellos se hacía tinta de diversos colores para teñir telas y para escribir
libros.
-¡Guau!- dijo el niño.
-Sí. Increíble ¿Verdad? Bueno, te cuento esto para que sepas que muchas
cosas que no brillan ni están en cofres también son tesoros de gran valor, como
ese libro tuyo y... como el muerto que hoy desenterramos.
***
-¡Clementico!- exclamé aún sin salir de mi asombro.
-Veo que ahora me recuerda. Sí. No me llamo Eligio Quintero. Soy
Clemente Cazález, hijo de Claudio Cazález quien una vez fuera su caporal. Por
cierto que, y si mal no recuerdo, el pirata era William Dampier y los insectos
eran Cochinillas mejicanas.
-Exactamente. ¿Cómo lo supiste?- le pregunté.
-¿Qué hora es?- preguntó Clemente.
-Once y treinta- respondió Falsafat desde la oscuridad, invisible a la
vista.
-Todavía nos queda media hora para conversar- me dijo Clemente.
-¿Qué pasa? ¿Qué sucederá a la medianoche?- dije.
-¿Es que acaso no sabe qué día es hoy? Estamos a dos de mayo y en
treinta minutos...
-...comienza el velorio de la cruz- completé.
-Más que eso. Hoy a la medianoche es cuando el Silbón se estira. Lo
estira la mismísima mano de diablo y sus silbidos inundan la sabana- dijo
Clemente.
-Sí, he oído que crece hasta alcanzar las copas de los árboles
¡Idioteces! Esos son cuentos de camino- dije.
-Lo sé, aunque nunca se sabe. Pero no cambiemos el tema. Supe lo del
pirata y los insectos por una enciclopedia que papá le compró a un turco. Al
principio no creí la historia que usted me contó pero después de leerla le dije
a papá que quería estudiar lo mismo que usted, entonces mi padre repitió algo
que siempre solía decirme. «Si quieres obtener algo en la vida, debes desearlo
y perseguirlo con todas tus fuerzas, sin parar hasta aferrarlo y hacerlo tuyo».
Comencé la escuela pero tras la muerte de papá tuve que bregar de sol a sol
para mantener a mamá y a mis hermanos- Clemente hizo una pausa para sacar un
fajo de billetes de cien dólares de un saco lleno que sostenía uno de los
llaneros –A fin de cuentas tenía usted razón, muchas cosas que no brillan ni
están en cofres también son tesoros- dijo Clemente abanicándose con los
billetes.
Clemente caminó hacia la jaula del Silbón y dándole la espalda encendió
un cigarrillo y luego extrajo de uno de los bolsillos una granada de mano.
-Pero no hablemos más de mí. Hablemos de otras cosas más importantes-
continuó el joven con barba –Después de aquella noche que usted y mi padre se
reunieron con el viejo Geñito, muchas cosas cambiaron. Lamentablemente para el
anciano, las cosas no resultaron bien pues no quiso cooperar con mi padre– dijo
Clemente sonriendo.
-¿Cooperar con qué?–le pregunté.
-El oro. Las botijas con morocotas -dijo Clemente- A diferencia de
usted, mi padre nunca le creyó a Geñito aquello de que por culpa del Silbón
somos el hazmerreir del mundo y las otras pendejadas. El viejo paralítico
siempre supo donde estaba enterrado el oro pero prefirió llevarse el secreto a
la tumba.
-¿Qué pasó con Efigenio? –Exclamé.
-Mi padre, después de dejarlo a usted en el campamento, regresó con
Carpio y el Toco a la choza del viejo, pero éste había huido. Papá sabía de su
escondite pues el compadre Eloy se lo había hecho saber antes de morir
desmembrado y quemado patas pa’rriba. Papá encontró a Geñito quien le dijo que
lo del colmillo había sido una farsa y que la verdad era que quien sobreviviera
al ataque del Silbón, como él lo había hecho, quedaba facultado para soñar y
ver a través de los ojos del espanto pero papá no le creyó pensando que el
anciano sólo quería salvar el pellejo y quedarse con el oro, y tras negarse a
decir donde estaban las morocotas, lo decapitó- dijo Clemente riendo.
-¡Tu padre fue un asesino!- exclamé.
-Esa madrugada papá registró cada palmo del escondite y de la choza sin
encontrar el colmillo ni el oro. Luego desmembró al Toco y a Carpio que eran
amigos casuales y a un fulano que pasaba cerca y metiendo los cuatro cadáveres
en la choza, la incendió- continúo el joven de barba- A partir de entonces, y
por culpa de usted, profesor Bernett, mi padre se obsesionó con la idea de cazar
al Silbón y hallar el oro. Finalmente, después de varios años, encontró al
espanto. Yo para ese entonces tenía 12 años y observando la fuerza sobrehumana
del Silbón intenté impedir que lo enfrentara, pero mi padre, ante mis ojos,
murió despedazado por el Silbón quien me dejó ésta cicatriz. Entonces comprendí
las últimas palabras del viejo Geñito ya que si bien la cicatriz no me permitía
soñar, tenía visiones cada vez que el silbón andaba cerca. Así que decidí
vengar a mi padre y hallar el tesoro de las morocotas y siguiendo su consejo,
hice mío el Silbón. Ni usted ni nadie me lo quitarían. Lo buscaría y lo
mataría. Por eso evité su presentación del falso Silbón en la universidad.
Todos estos años he estado buscado al Silbón y como ven, lo he encontrado y ustedes
han llegado a tiempo para ver mi venganza realizada. –terminó Clemente.
-Clemente, hicimos un trato- le dije.
-Que ustedes no pensaban cumplir. También sé eso. Malicioso como todo
buen llanero, llamé a la universidad y me dijeron que el profesor Hugo se había
jubilado y tampoco sabían de la compra del Silbón. Me creyeron loco.- dijo
Clemente.
-Está bien. Mentimos, pero ya tienes el dinero y te prometemos que una
vez que estudiemos al Silbón, lo destruiremos.- dije.
-Lo dudo mucho. Usted lo que quiere es exhibirlo y obtener fama y
fortuna a costa de él. Lo dicho, dicho está. En unos minutos serán testigos del
fin del Silbón.- dijo el joven de barba guardando de nuevo la granada.
Me le fui encima pero cuatro fornidos brazos me sujetaron. Otros
llaneros sujetaron también a Berenice. Clemente se acercó y me golpeó con
fuerza en el estómago dejándome sin aliento.
-¿Es que todavía no lo entiende?- me dijo-, yo también soy lo que soy
por culpa suya. Y después de todo, usted también fue engañado. Ese colmillo no
sirve- me dijo Clemente apuntando con el cañón del rifle mi collar con el
colmillo del Silbón.
-El Silbón no es único. Pertenece a una raza. Hay muchos otros silbones
en el llano. Nada ganará matándolo –le dijo Berenice.
-Ustedes los científicos siempre queriendo confundirlo a uno –dijo
Clemente.
-Cuánto lamento ver a aquel niño inocente que una vez conocí, convertido
ahora en un ladrón y en una asquerosa alimaña asesina cuya sed de venganza y
ambición por las riquezas le hace echarle sus propias culpas a los demás– le
dije a Clemente quien esta vez me golpeó el rostro con la culata de su rifle.
Un chorro de sangre irrumpió de mis labios.
-¡Cuántas veces quise hacerle esto, desenterrador de muertos!
¡Amárrenlos!- dijo el llanero haciendo estallar una carcajada macabra.
A aquella carcajada se unieron varios gritos y silbidos arriba de
nosotros. Uno de los hombres de Clemente bajó corriendo las escaleras. Traía el
rostro pálido como el papel y apenas podía hablar.
-¡Hay...hay al menos cuatro silbones afuera! –gritó el llanero.
-¡Aseguren bien el portón! ¡Coloquen una barricada!–gritó Cazález.
-Parece que a fin de cuentas tenían ustedes razón –dijo Clemente.
-¿Qué piensa hacer? –le preguntó Berenice.
-Esta edificación es bastante resistente pero conociendo la fuerza del
Silbón no nos queda mucho tiempo. Escaparemos por la chimenea -dijo riendo
Clemente mientras nos terminaban de atar.
-¡Ey! Cazález! Llévennos con ustedes. ¡Puedo darle más dinero!– grité.
-Ya es muy tarde para negociar de nuevo. Si quieren una muerte rápida,
ahí les dejo las llaves de la jaula ¡Me saludan a Geñito!- dijo Clemente
riendo, y lanzando a nuestros pies un manojo de llaves subió con sus hombres
por las escaleras. Arriba, los gritos, gruñidos y silbidos sacudían el
trapiche.
-¿Y ahora qué vamos a hacer? – me preguntó Berenice.
-No tengo idea. No tengo idea– le dije mirando al Silbón quien emitía
nuevos silbidos comunicándose con los de su especie.
***
El Silbón seguía silbando y halando con fuerza las cadenas. En medio del
sonido de disparos y gritos de las mujeres y de los llaneros, por la premura
con la que nos habían amarrado, logré zafarme y zafar a Berenice de las
ataduras. Yo me estrujaba el cerebro pensando en alguna forma de escapar pero
nada se me ocurría. No había escapatoria posible. Entonces recordé las últimas
palabras de Efigenio: Encontrar y salvar al Silbón. Los gritos, ahora
desgarradores, continuaban arriba.
-Debemos soltar al Silbón –le dije a Berenice.
-¿Cómo? ¿Soltarlo? Si lo hacemos nos devorará– dijo Berenice.
-Sólo le abriremos la jaula para que los suyos puedan soltarlo y
llevárselo- dije y, sin esperar respuesta de Berenice, abrí la jaula de par en
par.
-Ahora incendiemos el sótano. Eso obligará a los silbones a entrar a como
dé lugar –seguí diciendo.
-Moriremos asfixiados- me dijo Berenice desorbitando los ojos.
-Confía en mí- le dije.
Tomando varias latas de gasoil, rociamos las paredes y les prendimos
fuego. El Silbón comenzó a silbar con más fuerza y con él, los otros Silbones.
Comenzamos a toser.
Muy pronto las llamas se extendieron. Oímos retumbar el techo del
sótano. En pocos instantes una sección de éste se vino abajo y con él cayeron
cuatro silbones (Tres machos y una hembra) y cuatro hombres entre los que pude
distinguir a Clemente y a Falsafat. Los silbones estaban desnudos y bañados en
sangre. De sus exo-estómagos chorreaba una baba verdosa.
Ahora que tenía frente a mí a cuatro silbones libres, no pude evitar
hacer un dossier mental de sus características físicas a pesar de que quizás
aquel era el único momento que teníamos para escapar.
Los silbones eran de talla muy elevada, piel morena -a pesar de la
sangre- y lampiña y con rasgos similares a los del homo erectus. Sus rostros
eran anchos con perceptibles arcos supra orbitarios. Su cabello era largo,
grueso, lacio y rojo. La altura media en los machos era de unos dos metros y
medio. La hembra en cambio apenas rebasaba los dos metros. La mayoría de estas
características habían sido predichas por Hugo. Quise seguir fotografiando en
mi mente más detalles pero estaba por dar comienzo a una pelea entre los
llaneros y aquellos espantos. Sabiendo lo que el destino nos deparaba, sentí un
frio recorriéndome la espalda.
La pelea era muy desigual. Los llaneros solo tenían sus machetes. Los
silbones en cambio, amenazaban con sus exo-estómagos, sus fauces abiertas y sus
garras. Los espantos no paraban de comunicarse entre sí prorrumpiendo toda
clase de silbidos. Las llamas iluminaban las ocho figuras sobre el piso
cubierto de huesos y miembros humanos descuartizados. Una nefanda escena que
sobrepasaba cualquier pintura de Doré o de Goya.
Durante el primer cruce, vi como el primero de los llaneros era
desmembrado limpiamente en cinco partes en cuestión de una parte por segundo,
tras lo cual el silbón descuartizador se replegó a observar a sus otros
compañeros.
El segundo cruce fue entre la hembra y el segundo llanero. Berenice y yo
nos miramos. Cada uno veía el horror en los ojos del otro. El llanero corrió
hacia la silbona que sin usar su exo-estómago lo esperaba con sus brazos
abiertos, como queriendo amamantarlo. El hombre levantó su machete y se lo
clavó en una de las clavículas. La silbona abrió su boca y, como en el cuento
de Eloy, mordió el brazo del llanero y arrancándolo, dio un cabezazo e hizo que
el machete se fuera a clavar en una de las paredes del sótano, con el brazo aún
pegado a su mango. Entonces el exo-estomago comenzó a girar alrededor del
hombre haciendo que el largo intestino lo enroscara como una anaconda alrededor
de su cintura. Finalmente, comenzó a constreñir el cuerpo del llanero, primero
triturando sus costillas y luego partiéndolo en dos.
Ahora solo quedaban Clemente y Falsafat. Vimos como Clemente sacaba de
su bolsillo la granada y retiraba la espoleta iniciando la secuencia de
detonación. Quise comenzar a contra los segundos pero desvié mi atención hacia
los silbones que comenzaron su ataque de manera sincronizada. Como dos delfines
emergiendo fuera del agua, los dos sacos, impulsados hacia adelante por la
energía contenida en sus intestinos enrollados como resortes, saltaron de los
brazos de los espantos y abriendo sus fauces con agudísimos dientes, engulleron
hasta la cintura al joven de barba y al veterinario. Grandes chorros de baba
verde fueron vomitados de los exo-estómagos y vertidos sobre las humanidades de
Clemente y Falsafat. Un siseo y un vaho se hicieron sentir. Los rostros de los
silbones parecían solazarse con aquella horrorosa digestión. Vino entonces un
gran estallido. Fuimos salpicados de sangre y carne. Al disiparse la nube de
humo, descubrimos que con la explosión, el Silbón que había atacado a Clemente
yacía muerto en el suelo. Un trozo de su intestino aún seguía serpenteando. El otro
Silbón vomitó a Falsafat, o mejor dicho, a lo que quedaba de él: Una masa de
huesos y carne bullendo.
A pesar del humo, vimos cómo la hembra se arrodillaba delante del Silbón
muerto y cómo los dos silbones machos entraban a la jaula y comenzaban a halar
las gruesas cadenas del Silbón alfa. Tomé de la mano a Berenice y corrimos
hacia la escalera, pero la hembra, percatándose de nuestro intento por huir,
nos cerró el paso. Ahora que estábamos bastante cerca de ella pudimos ver sobre
la piel de su saco estomacal lo que pareció era una calavera en sobre relieve
mostrando una mueca de dolor.
El hedor a carne humana quemada no se soportaba.
-Creo que me voy a desmayar –gritó Berenice sin poderse mover,
petrificada de espanto.
-Aguanta. Es cuestión de que liberen al Silbón alfa y se vayan –le dije
tosiendo.
Ya las llamas habían envuelto todo el sótano, el humo picaba en los ojos
y no parábamos de toser. Finalmente, el Silbón quedó libre de sus cadenas y
dirigiéndose hacia donde yacía el cuerpo del Silbón muerto, se arrodilló y
levantó sus brazos como invocando a algún dios primigenio. Los otros dos
silbones lo imitaron. Permanecieron inmóviles y después de unos segundos
emitieron al unísono un silbido corto, como un “amén”.
El Silbón alfa se levantó y caminando unos metros se agachó y recogiendo
del suelo el sombrero pelo e’ guama de Clemente, se lo puso, y de inmediato se
abalanzó furiosamente sobre mí, derribándome. Los otros silbones se le
colocaron detrás. El exo-estómago con sus fauces abiertas se movía de un lado
al otro del Silbón como queriendo devorarme. La avernal criatura abrió su boca
mostrando un único y afilado colmillo. ¡Era el Silbón de Geñito! Lo golpeé
varias veces pero pronto me inmovilizó. Sus ojos estaban inyectados en sangre y
su aliento apestaba mil veces más que cualquier hedor conocido. Berenice se
había desmayado. El Silbón con sus uñas desgarró mi camisa e hizo sangrar mi
pecho. Su verdosa bilis goteaba de sus fauces quemando mi piel. Sí. El Silbón
me va a devorar, pensé, sabiendo que disponía de escasos segundos de vida.
Entonces el espanto notó algo que lo contuvo de comer mis carnes. El monstruo
observaba sobre mi pecho el collar con su otro colmillo.
Arrancándome el collar, la abominable criatura dio un salto hacia atrás
y echándose al hombro su saco estomacal me pareció que hacia un gesto a los
machos señalando al silbón muerto. Estos levantaron a su compañero y todos
pasaron en medio de las llamas y subiendo las escaleras, desaparecieron de
nuestra vista.
Tras un gran esfuerzo, me levanté y yendo hasta Berenice la tomé en mis
brazos y corriendo hacia la escalera atravesé las llamas.
Ya afuera, libres del peligro y respirando aire fresco, vi cómo los
desandas huían dando largos trancos con su muerto y sus sacos a cuestas. El lugar
estaba cubierto por pequeños incendios y cientos de huesos y miembros
descuartizados. A nuestras espaldas el trapiche ardía por los cuatro costados.
De pronto un coro de silbidos muy suave pero espeluznante, como de
ultratumba, rompió el silencio de la noche. El Silbón de Geñito se detuvo y con
él los otros silbones y volteándose nos miraron por unos segundos. Yo, sabiendo
que en alguna parte dentro de aquellos seres, Efigenio me observaba, les dije
adiós. Ellos, volteándose de nuevo, continuaron avanzando.
Berenice recobró el conocimiento y me abrazó. Los pavorosos silbidos
iban en aumento a medida que las siluetas de aquellos seres parecían estirarse
entre las copas de los árboles y eran consumidas por la negrura de la noche
llanera.
Los silbidos, que ahora se habían tornado ensordecedores, de repente,
cesaron por completo.
Berenice y yo continuábamos abrazados. Arriba la luna llena aclaraba la
noche. Agotados, dimos media vuelta, y comenzamos a caminar como los únicos
sobrevivientes de aquella hecatombe.
FIN
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